Fue todo muy rápido: en la redacción de la revista se decidió enviarme a cubrir las excavaciones para buscar los restos de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia, en diciembre de 1995. Yo era un periodista bisoño, que apenas tenía un año en la gráfica y el anunció me quitó el aliento. Era una noticia internacional y sería mi primera experiencia fuera del país. Aproveché el viaje para colarme en un tour de compras a Bolivia y contar desde adentro esa experiencia. Ya en Pocitos, le mentí al coordinador que no había conseguido lo que buscaba, una cámara de video, y que seguiría hacia Santa Cruz de la Sierra. Tomé un ómnibus que demoró unas diez horas y en el camino conocí la legendaria Camiri, un pozo con luces titilantes, a cuyas puertas habían llegado 60 años atrás los combatientes paraguayos de la infernal Guerra del Chaco, por el petróleo de la Standard Oil. Bajamos a un restorán al paso y me asomé a la cocina, donde en una enorme olla flotaban pedazos grises de carne en agua borboritante; un par de argentinos –padre e hijo- que también viajaban me aconsejaron comer otra cosa y cenamos juntos. Seguimos viajando esa noche por una ruta que serpenteaba por cerros iluminados por la luz de la luna, rodeados de montes inmemoriales que me hicieron imaginar que por allí alguna vez se desplazaron como sombras el Che y sus guerrilleros. Llegamos de madrugada a Santa Cruz, una ciudad modernista en el Oriente boliviano, construida en anillos concéntricos y con un tránsito desbocado. Me despedí de mis compatriotas y me instalé en un hotel frente a la Terminal, donde dormí exhausto. A la mañana de ese día domingo me fui a la corresponsalía de uno de los principales diarios y un periodista me brindó información contextual de los orígenes de la búsqueda: un reportero norteamericano había generado revuelo al publicar la versión de un ex militar sobre el sitio de sepultura de Guevara, que hasta entonces era un misterio de varias décadas. A los militares bolivianos y sus asesores norteamericanos no les interesaba que se convirtiera en mártir al guerrillero rosarino, fusilado en la escuela de La Higuera, el 9 de octubre de 1967. Pero todo fue en vano, su leyenda se extendió a todo el mundo aún así.
Esa tarde partí hacia Vallegrande, un pueblo en medio de cerros, a unos 2000 metros sobre el nivel del mar, que se pasó a la historia porque allí fueron exhibidos los restos de Guevara, después de su captura y ejecución. Llegué con la noche avanzada y me sorprendió una enorme torre de la iglesia, en la plaza principal, pero no pude detenerme mucho porque debía buscar con urgencia un lugar para hospedarme. Las calles estaban desiertas y hacía mucho frío. Me uní a un brasileño llamado Edenilson, con quien logramos despertar a la dueña de una pensión y alquilamos la única habitación disponible.
Al día siguiente me dirigí hacia la vieja pista de aterrizaje del poblado, donde ya trabajaba el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que ganó su renombre en el continente por su descubrimiento de enterramientos clandestinos de víctimas de la dictadura militar. En ese lugar también me hice amigo de una pareja de una radio bonaerense y del camarógrafo que documentaba el trabajo de la EAAF. En el lugar deambulaban periodistas, en su mayoría argentinos. Todos terminamos en una fonda a la hora del almuerzo, regado con abundante cerveza Paceña. Rato después volvimos al lugar de búsqueda, donde los antropólogos se afanaban con un sistema que escaneaba el subsuelo en busca de movimientos de tierra que delatara posibles tumbas. Pero era inútil, no había rastros de enterramientos y la superficie era enorme, con un suelo demasiado compactado que complicaba las excavaciones. Hasta allí llegaban los personajes más extraños, como un rabdomante que con unas ramas secas usadas para buscar agua se animaba a predecir el sitio exacto de los enterramientos.
Edenilson, a todo esto, me contó que se había peleado con su mujer y se había ido de Santa Cruz a Vallegrande, apenas con un bolso. Los periodistas bonaerenses estaban paranoicos y pensaban que era un espía. Nunca lo sabré.
Para enviar material a la revista alquilé una computadora en el telecentro del pueblo y redacté un informe, mientras soportaba la burla de una enviada de Clarín por la lentitud en teclear. “¿Para qué te mandaron aquí si esto lo cubren los medios nacionales y las agencias?”, me interrogaba socarronamente. “No nos importa la inmediatez de la noticia, sino narrar el contexto de esta noticia, algo que no se percibe en la superficialidad de los cables que reproducen los diarios”, la arponeé. No me molestó más. Una vez impresa la nota, la tuve que faxear varias veces hacia Santiago del Estero, para que entrara al cierre, pero fue en vano porque la recibieron mal.
La búsqueda causó un gran revuelo en el pueblo. Los concejales pugnaban por retener los huesos de Guevara para hacer un museo, pero el entonces presidente de Bolivia, Gonzalo Sánchez, apodado “Goni” (cuyo castellano era difícil de entender porque conservaba el acento inglés de su vida en EEUU), había acordado entregarlos a Cuba. Así fue que pasaron tres días y mi cumpleaños me sorprendió lejos de casa. Pero fue inolvidable porque lo festejé con un grupo de periodistas, entre ellos un italiano de gran sabiduría y sencillez, que recorría Sudamérica como free-lance. Hubo mucha Paceña y fricasé. Creo que fue esa noche que alguien nos llamó a los gritos desde fuera de la fonda y salimos corriendo: nos deslumbramos al ver que en un cerro que dominaba el pueblo los lugareños habían encendido fogatas que formaban la palabra CHE. Nos desesperamos porque nuestras cámaras con lentes normales no alcanzaban a captar esa imagen impresionante.
Cierta noche salí a caminar por una carretera y me encontré con un espectáculo extraordinario: nubes de luciérnagas danzaban sobre los árboles y creaban un escenario mágico. Era como si las hojas temblaran agitadas por una leve brisa de chispas de luz. Tan es así que me olvidé las prevenciones que me habían hecho sobre supuestos salteadores que acechaban en los caminos, que afortunadamente resultaron falsas.
El pueblo estaba revolucionado con tantos extranjeros y muchos querían contar historias del Che. El vendedor de boletos de la flota de colectivos me retuvo como media hora mostrándome unas revistas de la época de la muerte de Guevara. Cuando volví a la fonda los bonaerenses se rieron de mí por haber perdido tiempo escuchando sus historias.
La rutina de aquellos días era desayunar en el mercado, ir a la excavación, comer en la fonda que se había convertido en punto de reunión de los periodistas y volver a la pensión. A veces paseaba por las callejuelas empinadas y terminaba agitado. Uno de esos días fuimos a conocer el hospital Cruz de Malta, en cuyos fondos había una lavandería en cuyo mesón se tomó una de las fotografías más célebres del cadáver exánime del Che, con militares que lo rodean como un trofeo y que hicieron desfilar al pueblo para mostrarles que el legendario guerrillero estaba bien muerto. Los muros de esa sencilla construcción conservan escritos de miles de turistas que garabatearon allí sus nombres y dedicatorias a Guevara.
Con el paso de los días y como no se producían noticias alentadoras, decidí regresar. Me quedé con ganas de visitar unas ruinas incaicas que los taxistas ofrecían conocer por una módica suma, o la escuelita de La Higuera donde fusilaron a Guevara. Saqué el boleto y me despedí del locuaz encargado y esa noche subí al colectivo a las apuradas. Cuando estábamos a punto de partir, vi al camarógrafo de la EEAF subir y susurrarle algo al oído al corresponsal de la BBC que estaba unos asientos más adelante. Era un tipo lacónico, que alquilaba en la misma pensión, y que se encerraba en su pieza a escuchar la radio en inglés. Lo vi incorporarse nervioso y bajarse del vehículo; me di cuenta que algo había sucedido y miré al camarógrafo que solamente me saludó. La primicia no era para mí. Pero bueno, mi trabajo ya había terminado: el inglés y mi compatriota camarógrafo se podían ir al diablo. Volví a Santa Cruz en una noche intranquila para mí; me desvelaba saber qué había pasado y por qué a mí no me avisaron. Al día siguiente compré el diario y lo supe: en tapa anunciaban el hallazgo de restos humanos en supuestos enterramientos clandestinos. Sospechaban que allí podían estar los huesos del Che. Maldije por las calles: justo me había largado. Ese día encontré a un periodista cordobés en la Terminal, que me contó detalles del hallazgo de varios cuerpos.
Mi rabia creció más aún cuando me percaté que me había olvidado los documentos en la pensión de Vallegrande y que no podría salir del país. En la desesperación llamé y me atendió la encargada, que me dijo que sí, que tenía los documentos, pero que no podía caminar cincuenta metros hasta la boletería del ómnibus para que me los enviaran porque no podía abandonar su local…. Me tuve que contener para no mandarla al infierno. Me acordé que Edenilson vivía en Santa Cruz y que tenía su número: lo llamé y nos juntamos en el centro. Me hizo caer en cuenta que llamara al conversador encargado de la boletería y me acompañó hasta la base de la empresa, desde donde se comunicaron por radio y el hombre dijo que haría el trámite sin demora. A los cinco minutos contestó que ya tenía los documentos y que los enviaba en el próximo coche. Respiré aliviado. Gracias a haber perdido media hora con su profusa conversación, me ubicaba perfectamente y estaba orgulloso de poder ayudarme. Me acordé de los bonaerenses que se las sabían a todas… Esa noche mientras caminaba encontré un local que anunciaba pizza y pasta argentina. Entré a festejar –porque nunca me habituaré a las comidas locales altamente condimentadas- y me encontré con que su dueño era sureño, de Chubut si mal no recuerdo. Volví embriagado al hotel y me atajó la esposa del dueño, que cada vez que me veía me preguntaba por sueldos y el costo de vida en Argentina. Se quería ir a trabajar de empleada doméstica, lo que no dejaba de sorprenderme porque era una mujer formada y además supuestamente copropietaria de un hotel dos estrellas que trabajaba bastante. Aún así debía vivir su propio infierno para querer huir. Al día siguiente, con mis documentos en la mano pude sacar boleto de regreso a la Argentina. Debo decir que esa edición de la revista se agotó y solamente conservaba un ejemplar, que no tuve otro remedio que regalar al hermano del Che, Roberto Guevara de la Serna, que se mostró interesado por la crónica al cabo de una entrevista, y no tuve tiempo de sacar ni siquiera una fotocopia. Así perdí para siempre el mejor reportaje que creo haber escrito en veinte años de experiencia. Recibí felicitaciones de varios lectores, pero no puedo olvidar que el escritor Juan Manuel Aragón se levantara de una mesa en el Jockey Club para halagar el escrito de un periodista inexperto. Seguí la noticia durante varios meses y con cierto alivio me enteré que los restos que encontraron durante mi estadía no eran de Guevara, sino de algunos de sus guerrilleros. A él lo encontrarían dos años más tarde, en 1997, y sería enviado a Cuba. Algún día cumpliré mi deseo de volver a Vallegrande para volver a estremecerme en aquellos montes bañados por la luz de la luna.
domingo, 18 de julio de 2010
lunes, 24 de mayo de 2010
Perdido en el río Caraparí
Cada vez que la familia se reúne y a la hora del café se habla de los sucesos de mi infancia, inevitablemente surge el recuerdo del día que me perdí cerca del río Caraparí. Y hay heridas que no cierran. Con los años encontré un rótulo psicoanalítico a lo que me sucedió allá por 1976, cuando tenía cuatro años: “trauma abandónico”. Pero vayamos a los hechos. En algún mes cálido de aquel año mi padre nos llevó a sus cuatro hijos a conocer aquel turbulento río de montaña, en los límites con Bolivia, junto con un amigo suyo. Nosotros vivíamos a pocos kilómetros de allí, en un pueblo de YPF llamado Agüaray, “río de lobos”, según la traducción de la toponimia aborigen. Mi padre era técnico químico en la destilería de Campo Durán, que nunca llegué a conocer, pero de la cual conservo algunas fotos blanco y negro, algo ajadas. Un lugar que se parecía a una base lunar, lleno de tanques, torres y cañerías. Cierto día de aquel año decidió salir a pasear con sus hijos y un amigo por el Caraparí, y allí fuimos, en el glorioso Valiant blanco.
Recuerdo que llegamos a unas viejas ruinas, construcciones abandonadas cerca del río, y que junto a mi hermano Raúl nos trepamos a un viejo tractor desvencijado, mientras Patricia y Alejandra deambulaban por las ruinas.
En un momento de aquella tarde, escuché la voz de mi padre llamándonos. Y como en un sueño, recuerdo a mis hermanos yéndose, dejándome atrás, sin que pudiera alcanzarlos. De pronto quedé totalmente solo en medio de aquellas construcciones abandonadas y rodeadas de zanjas y monte. Sólo aquel que alguna vez ha sido abandonado en el medio de la nada sabrá la desesperación y la angustia que se apoderó de mí, con cuatro años de vida. Vagué entre las paredes inconclusas llorando, llamando a mis seres queridos, sin otra respuesta que el silencio.
No sé cómo, pero al cabo de un rato me decidí: llegué hasta la ruta por la cual habíamso llegado y comencé a desandar kilómetros a pie, llorando. Una ruta interminable que alguna vez se transformó en pesadilla, años después, con una banquina que terminaba en precipicios de vértigo. Caminé mucho tiempo, no sé, horas tal vez, viendo vehículos ir y venir. ¿Qué habrán pensado sus conductores al ver un niño solo caminando al costado de la ruta, cubierto de lágrimas? No lo sé, pero ninguno paró. La tarde caía y yo era guiado ciegamente en una dirección hacia el pueblo en el que me esperaba mi madre: me parecía ver su rostro en medio de aquella desolación y despertaba en mí una enorme angustia, pero también una esperanza. De repente, un Ford Falcon se detuvo en la banquina contraria y se bajó mi padre, que estaba acompañado por su amigo. Nunca vería, como aquella vez, su rostro pálido y desencajado por el miedo. Una figura paterna que inspiraba respeto y a la vez temor, pero que aquella tarde no tuvo hacia mí ningún reproche. Comprendí tiempo después que él tenía más miedo que yo, miedo de haberme perdido, de tener que explicarle a mi madre que yo me había extraviado. Su mundo tembló aquel día. Tiempo antes ya los había asustado al escapar de casa e internarme en medio de un caballar de Gendarmería Nacional. Recuerdo vagamente que entré en el corral y sentía los cuerpos tibios de las bestias, acariciaba sus suaves pieles iluminadas por la luna llena, hasta que alguien apareció muy discretamente y me sacó de allí sin hacer alboroto, para que los animales no se pusieran nerviosos y todo terminara trágicamente. Pero bueno, finalmente regresamos a casa y supe que mi padre y mis hermanos habían ido a ver un dique en el Caraparí y que pensaron que yo me quedaría solo, jugando en las ruinas, que los esperaría entretenido hasta que regresaran, horas después. También supe que había tomado la dirección correcta hacia el pueblo en el que vivíamos, algo incomprensible por la escasa edad que tenía. Todavía no terminó de entender lo que pasó aquel día, pero lo cierto es que no puedo olvidarlo. Que de vez en cuando vuelve como una pesadilla recurrente, como un enigma que no acabo de resolver.
Recuerdo que llegamos a unas viejas ruinas, construcciones abandonadas cerca del río, y que junto a mi hermano Raúl nos trepamos a un viejo tractor desvencijado, mientras Patricia y Alejandra deambulaban por las ruinas.
En un momento de aquella tarde, escuché la voz de mi padre llamándonos. Y como en un sueño, recuerdo a mis hermanos yéndose, dejándome atrás, sin que pudiera alcanzarlos. De pronto quedé totalmente solo en medio de aquellas construcciones abandonadas y rodeadas de zanjas y monte. Sólo aquel que alguna vez ha sido abandonado en el medio de la nada sabrá la desesperación y la angustia que se apoderó de mí, con cuatro años de vida. Vagué entre las paredes inconclusas llorando, llamando a mis seres queridos, sin otra respuesta que el silencio.
No sé cómo, pero al cabo de un rato me decidí: llegué hasta la ruta por la cual habíamso llegado y comencé a desandar kilómetros a pie, llorando. Una ruta interminable que alguna vez se transformó en pesadilla, años después, con una banquina que terminaba en precipicios de vértigo. Caminé mucho tiempo, no sé, horas tal vez, viendo vehículos ir y venir. ¿Qué habrán pensado sus conductores al ver un niño solo caminando al costado de la ruta, cubierto de lágrimas? No lo sé, pero ninguno paró. La tarde caía y yo era guiado ciegamente en una dirección hacia el pueblo en el que me esperaba mi madre: me parecía ver su rostro en medio de aquella desolación y despertaba en mí una enorme angustia, pero también una esperanza. De repente, un Ford Falcon se detuvo en la banquina contraria y se bajó mi padre, que estaba acompañado por su amigo. Nunca vería, como aquella vez, su rostro pálido y desencajado por el miedo. Una figura paterna que inspiraba respeto y a la vez temor, pero que aquella tarde no tuvo hacia mí ningún reproche. Comprendí tiempo después que él tenía más miedo que yo, miedo de haberme perdido, de tener que explicarle a mi madre que yo me había extraviado. Su mundo tembló aquel día. Tiempo antes ya los había asustado al escapar de casa e internarme en medio de un caballar de Gendarmería Nacional. Recuerdo vagamente que entré en el corral y sentía los cuerpos tibios de las bestias, acariciaba sus suaves pieles iluminadas por la luna llena, hasta que alguien apareció muy discretamente y me sacó de allí sin hacer alboroto, para que los animales no se pusieran nerviosos y todo terminara trágicamente. Pero bueno, finalmente regresamos a casa y supe que mi padre y mis hermanos habían ido a ver un dique en el Caraparí y que pensaron que yo me quedaría solo, jugando en las ruinas, que los esperaría entretenido hasta que regresaran, horas después. También supe que había tomado la dirección correcta hacia el pueblo en el que vivíamos, algo incomprensible por la escasa edad que tenía. Todavía no terminó de entender lo que pasó aquel día, pero lo cierto es que no puedo olvidarlo. Que de vez en cuando vuelve como una pesadilla recurrente, como un enigma que no acabo de resolver.
sábado, 10 de abril de 2010
Bajo las estrellas heladas
Saúl está paralizado en la cama, no ve nada, ni a diez centímetros de su nariz, pero puede percibir al otro respirando en la oscuridad, acercándose lentamente hacia él. Piensa que tiene sólo 13 años y que quiere vivir. Se acuerda de sus amigos que yacen exánimes cerca de él y tiembla. El ser lo rodea y sus movimientos no producen ni el menor ruido. Un día atrás pensaba que estas serían sus vacaciones ideales, pero todo se convirtió en una pesadilla.
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El sábado a la mañana el padre de José María los había llevado en su auto hasta su finca en el interior del departamento Banda. El grupo de amigos bajó entusiasmado: buscaban emociones nuevas para sus guiones de historieta. José María y Virgilio eran amigos y compinches; los secundaban Fernando, hermano del segundo y Saúl, un nuevo amigo invitado. Todos promediaban los 13y 14 años.
Saúl apenas llegó se dedicó a explorar la extensa finca, constituida por un rancho y un galpón enorme lleno de máquinas muertas y un sembradío, como si fuera una isla rodeada de un mar verde de monte.
Los demás se peleaban en la cocina intentando cocinar un guiso que al comerlo quemaba los labios por exceso de pimienta blanca. Esa siesta se dedicaron a las tareas de campo: cortar leña para la chimenea resultó más complicado de lo que parecía para manos inexpertas que terminaron ampolladas y luego curiosearon alrededor de un profundo pozo de agua que se estaba excavando y en el que se perdía una cuerda con polea y una silleta en la que debían bajar los peones.
José María los llamó a todos al sembradío: “vengan a ver lo que encontraron cuando pasaban el arado…” Todos corrieron hacia allí y vieron la urna funeraria indígena, husmearon en su interior y entrevieron un esqueleto grande que abrazaba a otro pequeño, como de un bebé. Era evidente que cientos de años atrás ese lugar era un cementerio. Imprevistamente José María volteó la urna de una patada y un pequeño bultito salió rodando. Era el recién nacido. El grupo empezó a reír a carcajadas.
“¡Pará boludo! ¿Qué haces? –le recriminó Saúl, que veía como un sacrilegio tanto desprecio por los muertos-.
José María le pegó un empujón. Saúl tenía la cara enrojecida de bronca. Los otros rieron más. Entonces el otro comenzó a patear los restos, desperdigando los huesos.
Saúl se alejó enfurecido, maldecía la hora en que decidió pasar el fin de semana con ellos. Mientras volvía pasó por el costado del pozo oscuro y le pareció que algo se agitaba abajo. Pensó que sería algún animal que tuvo la mala suerte de caer. Se dirigió hacia el monte mientras los demás se introducían en el galpón y comenzaban a jugar arrojándose almidón a la cabeza. Sus amigos de repente comenzaron a perseguirlo para embadurnarlo con las manos llenas de sustancia blanca, pero Saúl fue más rápido y se internó en los laberintos del monte, no sin desgarrarse la piel con las ramas de vinal. Corrió y corrió hasta que ya no escuchó a sus perseguidores. De pronto se sintió perdido, caminó y caminó pero le parecía que vagaba en círculos, que siempre terminaba en el mismo lugar. Entonces se encaramó a un alto árbol y observando sobre la muralla de vegetación logró divisar el galpón, del que salían sus amigos completamente blancos por el almidón y lo llamaban a gritos. Pensó que había escapado a tiempo. Miró alrededor y vio el monte infinito. Luego bajó y siguió caminando sin sentido, evitando a sus amigos gracias a la referencia de sus propios gritos y risas. De pronto ya no los oyó más. Llegó a una especie de claro donde sobresalía un árbol caído, derribado por un rayo que lo calcinó en su base. Sólo se oía el rumor del agua de una acequia cercana. Hacía un calor agradable y resolvió acostarse sobre el árbol. Cerró los ojos para aguzar su sentido auditivo: escuchó mejor el ruido del agua, las ramas que hacían silbar al viento y de pronto todo fue silencio, hasta una bandada de catas se acalló y salió volando. Entonces percibió algo que se movía a su alrededor, con sigilo. Se incorporó y miró en esa dirección, pero la espesura del monte achaparrado impedía ver algo. Supuso que debía tratarse de alguna criatura salvaje, una corzuela o un chancho del monte, deslizándose. El ruido cesó. Entonces volvió a recostarse y se olvidó de todo… lo invadió una somnolencia, una especie de éxtasis casi ante la exuberancia del monte. Era como si esperase que alguna entidad se revelara y le diera un buen argumento para una historia. Abrió los ojos y no había nada ni nadie. Cuando quiso volver ya estaba oscureciendo y con terror advirtió que daba vueltas en círculos, estaba perdido. Comenzó a correr por los corredores abiertos en el monte, con las espinas de vinales desgarrando su ropa. El monte le pareció siniestro y amenazante. Le oprimía el pecho. Intentó calmarse y pensar. Entonces volvió a treparse a un árbol y como a los cinco metros de altura pudo descubrir las luces del rancho.
José María, Virgilio y Fernando ya se habían bañado y tomaban mate. Saúl no les dirigió la palabra. Esa noche comieron e hicieron una gran fogata con leña, como un faro de luz en medio de la fría negrura de la noche. Contaban chistes y cuentos, cuando escucharon el ruido de una motocicleta acercándose. De pronto apareció un sujeto acompañado por una mujer. Habló con José María, aparte, y luego de echarles una ojeada -que transmitía desprecio- se marchó. El otro volvió conteniendo la risa y contó al grupo que era un empleado de su padre, que le había dicho que cierre bien las puertas de noche porque había una criatura que a veces solía vagar de noche y que más de una vez dejó las marcas de sus garras en la madera. Estalló en carcajadas porque suponía que venía con esa mujer a tener sexo y quería meterles miedo, pero sus planes se habían arruinado con las visitas.
Esa noche a Saúl le costó conciliar el sueño. Estaba acostado en una cama grande, con José María y Virgilio, mientras Fernando dormía en otra piecita. Arriba había un enorme plástico que los protegía de la caída de las vinchucas y él sentía los golpecitos que hacían los insectos al caer y caminar. Por la puerta abierta miraba hacia fuera y creía percibir bultos que iban y venían en la noche bañada por la luz lunar, hasta que se durmió. Varias horas después algo lo despertó… apenas levantó los ojos por encima de la frazada. Aún estaba oscuro… pero en esa negrura alcanzó a divisar una silueta al pie de la cama, mirándolo con ojos de un plateado apagado. El terror lo dejó sin poder respirar. Sintió que el corazón lo delataba con su frenético palpitar. Paralizado como estaba vio que ese ser, que tenía lejana similitud humana, en absoluto silencio comenzó arrastrar de los pies a José María, quien parecía dormido. Un terror innombrable invadió a Saúl, mezclado con la impotencia de no poder gritar, no poder correr… Unos minutos después vio de soslayo que se llevaba a Virgilio, quien tampoco reaccionaba. El pánico lo asfixiaba. Luego vino por él. Sintió unas garras tomarlo de los pies y se vio deslizándose por el piso de tierra, absolutamente consciente, pero sin poder resistirse, incapaz de pedir auxilio. La criatura parecía una sombra que se movía sin causar el menor ruido, ya más de cerca percibió el olor nauseabundo que despedía. Cuando lo arrastró por el patio vio las estrellas heladas, que parecían burlarse de su tragedia. Quería gritar, pero de su garganta no salía el menor sonido. Finalmente llegaron al borde del pozo y el ser empezó a empujarlo rodando hacia la circular boca negra. Cayó y fue a dar pesadamente sobre los cuerpos de sus amigos, mojados por agua barrosa y gélida. Arriba sólo se veía la boca del pozo, débilmente iluminada por la luz de la Luna. Aún lloraba de miedo cuando se desvaneció.
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El domingo a la tarde el padre de José María encontró a los cuatro amigos muertos en el fondo del pozo. Nunca pudo superar la tragedia. Los peritos que tuvieron que izar los cadáveres con ganchos nunca olvidarían los rostros desencajados por el terror de los adolescentes. Sus ojos bien abiertos. Un informe forense indicó que murieron asfixiados al aproximarse al pozo de agua, en cuya excavación debió liberarse un bolsón de gas metano atrapado entre las napas freáticas durante miles de años. Uno de ellos debió caer desvanecido y los demás siguieron la misma suerte al tratar de rescatarlo, víctimas del letal gas, imperceptible al olfato. Esa fue la poco convincente explicación judicial que silenció detalles inexplicables y aterradores, como las lesiones de agarre que todos los cuerpos tenían en los tobillos y los signos de arrastre en el suelo, que iban desde las camas hasta el pozo.
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El sábado a la mañana el padre de José María los había llevado en su auto hasta su finca en el interior del departamento Banda. El grupo de amigos bajó entusiasmado: buscaban emociones nuevas para sus guiones de historieta. José María y Virgilio eran amigos y compinches; los secundaban Fernando, hermano del segundo y Saúl, un nuevo amigo invitado. Todos promediaban los 13y 14 años.
Saúl apenas llegó se dedicó a explorar la extensa finca, constituida por un rancho y un galpón enorme lleno de máquinas muertas y un sembradío, como si fuera una isla rodeada de un mar verde de monte.
Los demás se peleaban en la cocina intentando cocinar un guiso que al comerlo quemaba los labios por exceso de pimienta blanca. Esa siesta se dedicaron a las tareas de campo: cortar leña para la chimenea resultó más complicado de lo que parecía para manos inexpertas que terminaron ampolladas y luego curiosearon alrededor de un profundo pozo de agua que se estaba excavando y en el que se perdía una cuerda con polea y una silleta en la que debían bajar los peones.
José María los llamó a todos al sembradío: “vengan a ver lo que encontraron cuando pasaban el arado…” Todos corrieron hacia allí y vieron la urna funeraria indígena, husmearon en su interior y entrevieron un esqueleto grande que abrazaba a otro pequeño, como de un bebé. Era evidente que cientos de años atrás ese lugar era un cementerio. Imprevistamente José María volteó la urna de una patada y un pequeño bultito salió rodando. Era el recién nacido. El grupo empezó a reír a carcajadas.
“¡Pará boludo! ¿Qué haces? –le recriminó Saúl, que veía como un sacrilegio tanto desprecio por los muertos-.
José María le pegó un empujón. Saúl tenía la cara enrojecida de bronca. Los otros rieron más. Entonces el otro comenzó a patear los restos, desperdigando los huesos.
Saúl se alejó enfurecido, maldecía la hora en que decidió pasar el fin de semana con ellos. Mientras volvía pasó por el costado del pozo oscuro y le pareció que algo se agitaba abajo. Pensó que sería algún animal que tuvo la mala suerte de caer. Se dirigió hacia el monte mientras los demás se introducían en el galpón y comenzaban a jugar arrojándose almidón a la cabeza. Sus amigos de repente comenzaron a perseguirlo para embadurnarlo con las manos llenas de sustancia blanca, pero Saúl fue más rápido y se internó en los laberintos del monte, no sin desgarrarse la piel con las ramas de vinal. Corrió y corrió hasta que ya no escuchó a sus perseguidores. De pronto se sintió perdido, caminó y caminó pero le parecía que vagaba en círculos, que siempre terminaba en el mismo lugar. Entonces se encaramó a un alto árbol y observando sobre la muralla de vegetación logró divisar el galpón, del que salían sus amigos completamente blancos por el almidón y lo llamaban a gritos. Pensó que había escapado a tiempo. Miró alrededor y vio el monte infinito. Luego bajó y siguió caminando sin sentido, evitando a sus amigos gracias a la referencia de sus propios gritos y risas. De pronto ya no los oyó más. Llegó a una especie de claro donde sobresalía un árbol caído, derribado por un rayo que lo calcinó en su base. Sólo se oía el rumor del agua de una acequia cercana. Hacía un calor agradable y resolvió acostarse sobre el árbol. Cerró los ojos para aguzar su sentido auditivo: escuchó mejor el ruido del agua, las ramas que hacían silbar al viento y de pronto todo fue silencio, hasta una bandada de catas se acalló y salió volando. Entonces percibió algo que se movía a su alrededor, con sigilo. Se incorporó y miró en esa dirección, pero la espesura del monte achaparrado impedía ver algo. Supuso que debía tratarse de alguna criatura salvaje, una corzuela o un chancho del monte, deslizándose. El ruido cesó. Entonces volvió a recostarse y se olvidó de todo… lo invadió una somnolencia, una especie de éxtasis casi ante la exuberancia del monte. Era como si esperase que alguna entidad se revelara y le diera un buen argumento para una historia. Abrió los ojos y no había nada ni nadie. Cuando quiso volver ya estaba oscureciendo y con terror advirtió que daba vueltas en círculos, estaba perdido. Comenzó a correr por los corredores abiertos en el monte, con las espinas de vinales desgarrando su ropa. El monte le pareció siniestro y amenazante. Le oprimía el pecho. Intentó calmarse y pensar. Entonces volvió a treparse a un árbol y como a los cinco metros de altura pudo descubrir las luces del rancho.
José María, Virgilio y Fernando ya se habían bañado y tomaban mate. Saúl no les dirigió la palabra. Esa noche comieron e hicieron una gran fogata con leña, como un faro de luz en medio de la fría negrura de la noche. Contaban chistes y cuentos, cuando escucharon el ruido de una motocicleta acercándose. De pronto apareció un sujeto acompañado por una mujer. Habló con José María, aparte, y luego de echarles una ojeada -que transmitía desprecio- se marchó. El otro volvió conteniendo la risa y contó al grupo que era un empleado de su padre, que le había dicho que cierre bien las puertas de noche porque había una criatura que a veces solía vagar de noche y que más de una vez dejó las marcas de sus garras en la madera. Estalló en carcajadas porque suponía que venía con esa mujer a tener sexo y quería meterles miedo, pero sus planes se habían arruinado con las visitas.
Esa noche a Saúl le costó conciliar el sueño. Estaba acostado en una cama grande, con José María y Virgilio, mientras Fernando dormía en otra piecita. Arriba había un enorme plástico que los protegía de la caída de las vinchucas y él sentía los golpecitos que hacían los insectos al caer y caminar. Por la puerta abierta miraba hacia fuera y creía percibir bultos que iban y venían en la noche bañada por la luz lunar, hasta que se durmió. Varias horas después algo lo despertó… apenas levantó los ojos por encima de la frazada. Aún estaba oscuro… pero en esa negrura alcanzó a divisar una silueta al pie de la cama, mirándolo con ojos de un plateado apagado. El terror lo dejó sin poder respirar. Sintió que el corazón lo delataba con su frenético palpitar. Paralizado como estaba vio que ese ser, que tenía lejana similitud humana, en absoluto silencio comenzó arrastrar de los pies a José María, quien parecía dormido. Un terror innombrable invadió a Saúl, mezclado con la impotencia de no poder gritar, no poder correr… Unos minutos después vio de soslayo que se llevaba a Virgilio, quien tampoco reaccionaba. El pánico lo asfixiaba. Luego vino por él. Sintió unas garras tomarlo de los pies y se vio deslizándose por el piso de tierra, absolutamente consciente, pero sin poder resistirse, incapaz de pedir auxilio. La criatura parecía una sombra que se movía sin causar el menor ruido, ya más de cerca percibió el olor nauseabundo que despedía. Cuando lo arrastró por el patio vio las estrellas heladas, que parecían burlarse de su tragedia. Quería gritar, pero de su garganta no salía el menor sonido. Finalmente llegaron al borde del pozo y el ser empezó a empujarlo rodando hacia la circular boca negra. Cayó y fue a dar pesadamente sobre los cuerpos de sus amigos, mojados por agua barrosa y gélida. Arriba sólo se veía la boca del pozo, débilmente iluminada por la luz de la Luna. Aún lloraba de miedo cuando se desvaneció.
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El domingo a la tarde el padre de José María encontró a los cuatro amigos muertos en el fondo del pozo. Nunca pudo superar la tragedia. Los peritos que tuvieron que izar los cadáveres con ganchos nunca olvidarían los rostros desencajados por el terror de los adolescentes. Sus ojos bien abiertos. Un informe forense indicó que murieron asfixiados al aproximarse al pozo de agua, en cuya excavación debió liberarse un bolsón de gas metano atrapado entre las napas freáticas durante miles de años. Uno de ellos debió caer desvanecido y los demás siguieron la misma suerte al tratar de rescatarlo, víctimas del letal gas, imperceptible al olfato. Esa fue la poco convincente explicación judicial que silenció detalles inexplicables y aterradores, como las lesiones de agarre que todos los cuerpos tenían en los tobillos y los signos de arrastre en el suelo, que iban desde las camas hasta el pozo.
martes, 23 de febrero de 2010
El espectro de la villa
Mi pasión por la fotografía me llevó como hipnotizado hacia esa villa, uno de los pocos cascos de estancia de La Banda que aún subsistía en pie. Un compañero de estudios me había prestado su cámara, una Canon de última generación, que valía quién sabe cuántos sueldos míos de administrativo, con los que costeaba mi formación.
En ese lugar ya habíamos hecho algunas fotografías para un trabajo práctico de la universidad y debo confesar que esa casona derruida ejercía un magnetismo sobre mí desde entonces. En sueños caminaba por el interior de esa casa. Mi padre había estado allí en su juventud, porque fue compañero de un hijo de los propietarios, y me había contado que era hermosa: recordaba que me mencionó un living enorme sobre el que flotaba una araña magnífica y una enorme escalera que daba hacia los dormitorios en la planta alta.
Hoy, lejos de ese resplandor pasado, la entrada principal lucia cubierta de malezas y al abrirme paso quedé estupefacto al descubrir un borracho que dormía tirado en el suelo. Le saqué una foto y ni siquiera se mosqueó. Continué hacia la extravagante construcción, que tenía dos alas y una torre que servía de observatorio, cubiertas de musgo y de olvido. Las paredes estaban sucias con escritos y olían a orín. Avancé por las escalinatas de la entrada y adentro se abrió un enorme salón. Entonces creí oír un vals lejano, como un eco entre las paredes desnudas. “Vals triste”, de Sibelius, se me ocurrió.
Sacudí la cabeza y continué. Mis pisadas crujían en un piso cubierto de polvillo y restos putrefactos de hojas, que arrojaban al aire un aroma a muerte. Hacía mucho calor. Subí por unas escaleras y llegué a un borde donde debió derrumbarse parte del techo. Era un lugar peligroso porque cada pisada hacía vibrar la antiquísima estructura. Saqué unas fotos de la luz que entraba por las ventanas y jugaba con las penumbras. Había un baño enorme, con revestimiento lujoso y con caños de plomo que asomaban y que alguna vez terminaron en piezas de bronce, despojadas por el vandalismo. Me senté en el dintel de una ventana… extasiado por tanta belleza muerta… Recordé que en esa casa se decía que vivió un jerarca nazi, que tenía experimentos espeluznantes con animales en el sótano y se creía que se refugió en Argentina para evitar los juicios por atrocidades en los campos de concentración. Una especie de remolino interrumpió mis pensamientos al ingresar por una ventana: después de levantar una nube de polvillo me rodeó y creí escuchar el susurro de una voz. Era incomprensible lo que decía. Me causó escalofríos. Tomé la cámara como un reflejo y me preparé para lo desconocido. Me encontraba en lo que debió ser una recámara y las únicas luces que ingresaban por las ventanas develaban el polvillo en suspensión, que volvía a asentarse… en medio de un silencio sepulcral. Me quedé un rato esperando… hasta que creí ver una silueta en el umbral de la habitación… era una mujer, que desapareció escaleras abajo, como un destello blanco. La seguí sintiendo cómo temblaba el suelo bajo mis pies, en esa construcción de fines del Siglo XIX. Bajé las escaleras y creí percibir un perfume que me extasió. Salí de la casa y la arboleda se mecía por un fresco viento que hacía más agradable aquella calurosa siesta. No había signos de vida. Sólo el molino derruido crujía movido por el viento. Me senté en las escalinatas de la casa, confundido, y fue entonces cuando escuché el canto… en un idioma incomprensible. Se me puso la piel de gallina… era la voz de una mujer… tarareando una canción cuyo lengua desconocía. Tal vez un dialecto sajón, se me ocurrió. Provenía de la arboleda cercana al molino. Caminé hacia allí, siempre con la cámara preparada y vi que había una especie de piletón elevado, con sus bordes recubiertos de manchas negras de moho. Recordé las viejas leyendas, que decían que la esposa del médico que vivió en esa casona acostumbraba a bañarse desnuda en un una pileta y eso generaba el comentario escandalizado entre la puritana sociedad bandeña de mediados del Siglo XX. Subí los escalones y allí estaba ella, completamente desnuda, nadando suavemente en agua cristalina. Me vio e interrumpió su cántico indescifrable. En su mirada había ansiedad y temor. Como hipnotizado comencé a bajar las escaleras mientras sentía el agua tibia, olvidándome de los costosos equipos arruinados. Solamente se escuchaba el rumor del aire en movimiento, sacudiendo la añosa arboleda. El agua me llegaba al cuello y caminé dificultosamente hasta ella, viendo sólo su rostro recortado contra el ras del agua. Sus ojos eran de un color indefinible, una mezcla de verde y azulado; sus labios estaban pálidos y trémulos y su cabellera era rubia y larga. Avancé hacia ella pero no alcancé a decir nada… di un paso más y me hundí en la oscuridad del agua cenagosa, en un declive del piletón. Recordé entonces que no sabía nadar. Ella también se sumergió conmigo y me tocó el rostro… entonces lo vi todo… esa mujer, era la esposa del médico nazi que vivió 50 años atrás en esa villa. Ella nunca se había ido… él supo que ella tenía un amante entre los peones, que la visitaba cuando él se reunía con sus amigos alemanes que construían el dique Los Quiroga. Por eso la mató con su Luger Parabellum y la enterró. Huyó esa misma noche sin dejar rastros, por lo que muchos creyeron que escapaba de los cazadores de nazis.
Todo eso entendí con el último hálito de vida, mientras me hundía en la cenagosa profundidad.
No recuerdo nada más. No sé qué misteriosa casualidad hizo que el borracho despertara, escuchara mis gritos y me rescatara del agua pútrida. Le debo la vida y algún día debería agradecérselo. Lo cierto es que fui yo quien anónimamente llamó a la policía para informar que excavaran en el fondo de la pileta y así pudieran encontrar restos óseos de una mujer muerta a balazos hace cincuenta años, noticia que causó revuelo en los diarios por algunas semanas. La causa se cerró sin que se pudiera identificar al culpable. Pero yo sé quién fue. Pero eso no me preocupa ya, porque sé que no volveré a estar solo: el fantasma de esa mujer me acompañará hasta el fin de mis días. Tan seguro estoy de eso como de que ahora mismo está aquí, a mi lado, con su gélida presencia, husmeando sin entender las palabras que escribo en la pantalla.
En ese lugar ya habíamos hecho algunas fotografías para un trabajo práctico de la universidad y debo confesar que esa casona derruida ejercía un magnetismo sobre mí desde entonces. En sueños caminaba por el interior de esa casa. Mi padre había estado allí en su juventud, porque fue compañero de un hijo de los propietarios, y me había contado que era hermosa: recordaba que me mencionó un living enorme sobre el que flotaba una araña magnífica y una enorme escalera que daba hacia los dormitorios en la planta alta.
Hoy, lejos de ese resplandor pasado, la entrada principal lucia cubierta de malezas y al abrirme paso quedé estupefacto al descubrir un borracho que dormía tirado en el suelo. Le saqué una foto y ni siquiera se mosqueó. Continué hacia la extravagante construcción, que tenía dos alas y una torre que servía de observatorio, cubiertas de musgo y de olvido. Las paredes estaban sucias con escritos y olían a orín. Avancé por las escalinatas de la entrada y adentro se abrió un enorme salón. Entonces creí oír un vals lejano, como un eco entre las paredes desnudas. “Vals triste”, de Sibelius, se me ocurrió.
Sacudí la cabeza y continué. Mis pisadas crujían en un piso cubierto de polvillo y restos putrefactos de hojas, que arrojaban al aire un aroma a muerte. Hacía mucho calor. Subí por unas escaleras y llegué a un borde donde debió derrumbarse parte del techo. Era un lugar peligroso porque cada pisada hacía vibrar la antiquísima estructura. Saqué unas fotos de la luz que entraba por las ventanas y jugaba con las penumbras. Había un baño enorme, con revestimiento lujoso y con caños de plomo que asomaban y que alguna vez terminaron en piezas de bronce, despojadas por el vandalismo. Me senté en el dintel de una ventana… extasiado por tanta belleza muerta… Recordé que en esa casa se decía que vivió un jerarca nazi, que tenía experimentos espeluznantes con animales en el sótano y se creía que se refugió en Argentina para evitar los juicios por atrocidades en los campos de concentración. Una especie de remolino interrumpió mis pensamientos al ingresar por una ventana: después de levantar una nube de polvillo me rodeó y creí escuchar el susurro de una voz. Era incomprensible lo que decía. Me causó escalofríos. Tomé la cámara como un reflejo y me preparé para lo desconocido. Me encontraba en lo que debió ser una recámara y las únicas luces que ingresaban por las ventanas develaban el polvillo en suspensión, que volvía a asentarse… en medio de un silencio sepulcral. Me quedé un rato esperando… hasta que creí ver una silueta en el umbral de la habitación… era una mujer, que desapareció escaleras abajo, como un destello blanco. La seguí sintiendo cómo temblaba el suelo bajo mis pies, en esa construcción de fines del Siglo XIX. Bajé las escaleras y creí percibir un perfume que me extasió. Salí de la casa y la arboleda se mecía por un fresco viento que hacía más agradable aquella calurosa siesta. No había signos de vida. Sólo el molino derruido crujía movido por el viento. Me senté en las escalinatas de la casa, confundido, y fue entonces cuando escuché el canto… en un idioma incomprensible. Se me puso la piel de gallina… era la voz de una mujer… tarareando una canción cuyo lengua desconocía. Tal vez un dialecto sajón, se me ocurrió. Provenía de la arboleda cercana al molino. Caminé hacia allí, siempre con la cámara preparada y vi que había una especie de piletón elevado, con sus bordes recubiertos de manchas negras de moho. Recordé las viejas leyendas, que decían que la esposa del médico que vivió en esa casona acostumbraba a bañarse desnuda en un una pileta y eso generaba el comentario escandalizado entre la puritana sociedad bandeña de mediados del Siglo XX. Subí los escalones y allí estaba ella, completamente desnuda, nadando suavemente en agua cristalina. Me vio e interrumpió su cántico indescifrable. En su mirada había ansiedad y temor. Como hipnotizado comencé a bajar las escaleras mientras sentía el agua tibia, olvidándome de los costosos equipos arruinados. Solamente se escuchaba el rumor del aire en movimiento, sacudiendo la añosa arboleda. El agua me llegaba al cuello y caminé dificultosamente hasta ella, viendo sólo su rostro recortado contra el ras del agua. Sus ojos eran de un color indefinible, una mezcla de verde y azulado; sus labios estaban pálidos y trémulos y su cabellera era rubia y larga. Avancé hacia ella pero no alcancé a decir nada… di un paso más y me hundí en la oscuridad del agua cenagosa, en un declive del piletón. Recordé entonces que no sabía nadar. Ella también se sumergió conmigo y me tocó el rostro… entonces lo vi todo… esa mujer, era la esposa del médico nazi que vivió 50 años atrás en esa villa. Ella nunca se había ido… él supo que ella tenía un amante entre los peones, que la visitaba cuando él se reunía con sus amigos alemanes que construían el dique Los Quiroga. Por eso la mató con su Luger Parabellum y la enterró. Huyó esa misma noche sin dejar rastros, por lo que muchos creyeron que escapaba de los cazadores de nazis.
Todo eso entendí con el último hálito de vida, mientras me hundía en la cenagosa profundidad.
No recuerdo nada más. No sé qué misteriosa casualidad hizo que el borracho despertara, escuchara mis gritos y me rescatara del agua pútrida. Le debo la vida y algún día debería agradecérselo. Lo cierto es que fui yo quien anónimamente llamó a la policía para informar que excavaran en el fondo de la pileta y así pudieran encontrar restos óseos de una mujer muerta a balazos hace cincuenta años, noticia que causó revuelo en los diarios por algunas semanas. La causa se cerró sin que se pudiera identificar al culpable. Pero yo sé quién fue. Pero eso no me preocupa ya, porque sé que no volveré a estar solo: el fantasma de esa mujer me acompañará hasta el fin de mis días. Tan seguro estoy de eso como de que ahora mismo está aquí, a mi lado, con su gélida presencia, husmeando sin entender las palabras que escribo en la pantalla.
domingo, 3 de enero de 2010
Noche de verano
La vi sentada en un banco de plaza, tan sola, tan quieta, apenas iluminada por luz mortecina de las farolas. Era hermosa y parecía mirar extasiada la Vía Láctea, sumida en sus pensamientos. No pude evitarlo y me senté al costado, tratando de hacer el menor ruido posible, de no turbarla. Ni siquiera me miró.
El calor era agobiante en aquella noche de verano. Se me vino a la memoria aquella canción de cuna de George Gershwin, Summertime:
“One of these mornings (una de estas mañanas)
You're going to rise up singing (vas a subir cantando)
Then you'll spread your wings (entonces abrirás tus alas)
And you'll take to the sky (y te irás al cielo)”
Soñé por un rato con la melodía de aquella melancólica canción. Ella seguía indiferente. Hierática, como si fuese una de esas estatuas vivientes. Ni siquiera percibía su respiración, pese a que los ruidos de la calle se habían aquietado a esa hora de la madrugada. Pero tampoco parecía nerviosa por mi presencia, mi invasión –si se quiere- sobre su espacio de soledad.
Por un momento imaginé que tomaba sus manos tibias y húmedas, para desanudarlas. Qué acercaba mi rostro al suyo y la miraba fijamente, tratando de desentrañar la pena que transmitía todo su cuerpo. Pero contuve el arrebato. Lo más probable era que saliera corriendo pensando que quería propasarme, y yo iría a parar de las solapas a un calabozo. Ja, ja, ja, me dirían que intenté cometer un “asalto sexual”…
Pensé en La Seducción, de Baudrillard: “nos seduce también lo que está oculto, lo que se presenta tras alguna máscara, tras un perfume o tras el maquillaje”. En este caso, me dije que su silencio y su distancia, me seducían. Su perfume, apenas perceptible, me figuraba estar parado ante un acantilado profundo y respirar el insondable aliento del océano. Sentí vértigo, y mucho.
¿Pero cómo abrir una brecha en esas murallas tan altas? La miré por el rabillo del ojo y vi que respiraba al menos, pero seguía con la mirada perdida. Sus piernas no estaba cruzadas, sus brazos tampoco, un indicio de cierta apertura según la proxemia. Solamente sus dedos estaban entrelazados.
Hablar del calor sería un recurso trillado. Preguntarle si estaba bien, tampoco me pareció demasiado original. Hablarle directamente sería algo osado.
Recordé que la última vez que había estado ante una situación similar me había hecho pasar por un turista perdido. Nada hay más frágil para una mujer que un extraño que no sabe ni dónde está parado. Eso había vencido la desconfianza con otra mujer, hace tiempo. Con una checa que empezamos insultándonos por Internet, finalmente nos encontramos en la plaza de los dos Congresos para discutir Kafka. Con otras fueron cosas casuales, incidentes que de repente ocurrieron y despertaron la necesidad de hablar: un ladronzuelo al que la policía corría o una anciana que tropezó. Siempre había resultado y habíamos acabado por irnos juntos.
Pero esta vez el tiempo pasaba y no surgía nada. Comenzaba a sentirme incómodo, a transpirar. Maquinalmente desaté el cordón que tenía en el cuello, con un crucifijo y lo apreté en mi mano. Comencé a pensar que estaba al lado de un ente… revestido de belleza exterior, pero un ente al fin. Pensé en el gorgoteo de sus vísceras, el palpitar de su ser, sin que produjeran la más mínima luz en su ánimo. Un destello siquiera. Me imaginé conocerla, tomarla de la mano y caminar, hablando y hablando yo, y ella escuchando como un autómata. Me la imaginé en la intimidad de un hotelucho, esforzándome por descubrir un rastro de vida en sus frías pupilas de muñeca. Y nada. Entonces me invadió una rabia ciega, algo que nunca me había sucedido. Pensé en gritarle que un vegetal de Neptuno tenía más vida que ella, que si la conociera su indiferencia acabaría por destruirme. Recordé entonces lo que le dijo que maestro Williams de Baskerville a su discípulo Adso, en “El nombre de la rosa”: “la mujer es más amarga que la muerte”. ¡Quise gritar! Sentía que me ahogaba. Ya estaba agitado. Entonces me levanté y la miré directamente a los ojos. Ella seguía en las nubes… pero de pronto desvió la mirada y, por primera vez se fijó en mí. Noté la sorpresa en sus ojos. Se extrajo unos auriculares que recién veía que tenía puestos y me dijo: “disculpe señor, ¿me podría decir la hora?”.
El rostro se me contrajo de furia. “No, no tengo. Pero lo que sí sé es que acabas de salvar tu vida”. Y me fui de vuelta al caserón derruido donde vivía, acompañado por ocho cadáveres silenciosos.
El calor era agobiante en aquella noche de verano. Se me vino a la memoria aquella canción de cuna de George Gershwin, Summertime:
“One of these mornings (una de estas mañanas)
You're going to rise up singing (vas a subir cantando)
Then you'll spread your wings (entonces abrirás tus alas)
And you'll take to the sky (y te irás al cielo)”
Soñé por un rato con la melodía de aquella melancólica canción. Ella seguía indiferente. Hierática, como si fuese una de esas estatuas vivientes. Ni siquiera percibía su respiración, pese a que los ruidos de la calle se habían aquietado a esa hora de la madrugada. Pero tampoco parecía nerviosa por mi presencia, mi invasión –si se quiere- sobre su espacio de soledad.
Por un momento imaginé que tomaba sus manos tibias y húmedas, para desanudarlas. Qué acercaba mi rostro al suyo y la miraba fijamente, tratando de desentrañar la pena que transmitía todo su cuerpo. Pero contuve el arrebato. Lo más probable era que saliera corriendo pensando que quería propasarme, y yo iría a parar de las solapas a un calabozo. Ja, ja, ja, me dirían que intenté cometer un “asalto sexual”…
Pensé en La Seducción, de Baudrillard: “nos seduce también lo que está oculto, lo que se presenta tras alguna máscara, tras un perfume o tras el maquillaje”. En este caso, me dije que su silencio y su distancia, me seducían. Su perfume, apenas perceptible, me figuraba estar parado ante un acantilado profundo y respirar el insondable aliento del océano. Sentí vértigo, y mucho.
¿Pero cómo abrir una brecha en esas murallas tan altas? La miré por el rabillo del ojo y vi que respiraba al menos, pero seguía con la mirada perdida. Sus piernas no estaba cruzadas, sus brazos tampoco, un indicio de cierta apertura según la proxemia. Solamente sus dedos estaban entrelazados.
Hablar del calor sería un recurso trillado. Preguntarle si estaba bien, tampoco me pareció demasiado original. Hablarle directamente sería algo osado.
Recordé que la última vez que había estado ante una situación similar me había hecho pasar por un turista perdido. Nada hay más frágil para una mujer que un extraño que no sabe ni dónde está parado. Eso había vencido la desconfianza con otra mujer, hace tiempo. Con una checa que empezamos insultándonos por Internet, finalmente nos encontramos en la plaza de los dos Congresos para discutir Kafka. Con otras fueron cosas casuales, incidentes que de repente ocurrieron y despertaron la necesidad de hablar: un ladronzuelo al que la policía corría o una anciana que tropezó. Siempre había resultado y habíamos acabado por irnos juntos.
Pero esta vez el tiempo pasaba y no surgía nada. Comenzaba a sentirme incómodo, a transpirar. Maquinalmente desaté el cordón que tenía en el cuello, con un crucifijo y lo apreté en mi mano. Comencé a pensar que estaba al lado de un ente… revestido de belleza exterior, pero un ente al fin. Pensé en el gorgoteo de sus vísceras, el palpitar de su ser, sin que produjeran la más mínima luz en su ánimo. Un destello siquiera. Me imaginé conocerla, tomarla de la mano y caminar, hablando y hablando yo, y ella escuchando como un autómata. Me la imaginé en la intimidad de un hotelucho, esforzándome por descubrir un rastro de vida en sus frías pupilas de muñeca. Y nada. Entonces me invadió una rabia ciega, algo que nunca me había sucedido. Pensé en gritarle que un vegetal de Neptuno tenía más vida que ella, que si la conociera su indiferencia acabaría por destruirme. Recordé entonces lo que le dijo que maestro Williams de Baskerville a su discípulo Adso, en “El nombre de la rosa”: “la mujer es más amarga que la muerte”. ¡Quise gritar! Sentía que me ahogaba. Ya estaba agitado. Entonces me levanté y la miré directamente a los ojos. Ella seguía en las nubes… pero de pronto desvió la mirada y, por primera vez se fijó en mí. Noté la sorpresa en sus ojos. Se extrajo unos auriculares que recién veía que tenía puestos y me dijo: “disculpe señor, ¿me podría decir la hora?”.
El rostro se me contrajo de furia. “No, no tengo. Pero lo que sí sé es que acabas de salvar tu vida”. Y me fui de vuelta al caserón derruido donde vivía, acompañado por ocho cadáveres silenciosos.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Martín y el fantasma
Martín me dijo “conozco un lugar en el que espantan”, y no pude resistir la curiosidad de niño, aunque por dentro temblaba. Afuera de la casa de mi amigo había una noche oscura y fría, con un fuerte viento que traía malos presagios.
Caminamos interminables calles desiertas hasta el barrio Avenida, en La Banda.
Yo tenía 12 años y seguía a mi mejor amigo de la infancia, Martín, un constructor de diques a escala e inventor de objetos que se desplazaban con motores de juguete reciclados, con el que habíamos recorrido gran parte de la ciudad en aventuras de siesta.
Llegamos hasta una extraña construcción, como un macizo pórtico de ladrillos, de tres metros de ancho por dos y medio de altura –calculo esforzando la memoria-, que se erigía en el medio de un descampado en el que, a lo lejos, se adivinaban las luces de los ranchos. Tiempo después deduje que debía tratarse de alguna edificación del ferrocarril inglés del Siglo XIX, que quedó abandonada y luego resaltaba por su absurdo como un barco encallado en el desierto.
Martín me dijo “ahí es…”. En su casa, al abrigo del frío y mientras veíamos dibujos animados, después de una generosa merienda servida por su madre, me había contado que todo aquel que de noche pasaba por esa especie de arco era abrazado por una especie de entidad fantasmal. Me dijo que le había ocurrido a muchos que volvían en bicicleta a sus casas y que sintieron el frío de un espanto encaramándose en sus espaldas.
Frente a esa extraña construcción oscura sentí miedo. “Vamos, ¿o ahora te vas a achicar ahora?”, me desafió, con una fórmula infalible que arrastra a los niños a las peores tragedias. Estábamos a unos diez metros. Yo miraba el umbral oscuro buscando, en vano, algún indicio que me convenciera de desistir. El viento parecía más frío y siniestro, en una noche encapotada en la que no se filtraba el menor rayo de luna.
El tiempo parecía detenido. Aunque dentro mío me urgía volver a casa a tiempo para no recibir los retos de mis padres. Nos habíamos reunido en su casa, cerca de calle Alberdi, para hacer una tarea, pero ya eran cerca de las 21.00, una hora poco recomendable para un niño.
Volví a mirar la edificación rectangular y en sombras… “¡Vamos!”, le contesté, y comenzamos a caminar con decisión. Iba contando cada paso, tratando de concentrarme, de ver o escuchar algo indefinido, la presencia del fantasma arremolinándose en ese arco. Nuestras pisadas presurosas crujían en la tierra floja. Cruzamos el umbral y cerré los ojos… esperando una amenaza que llegaría desde cualquier parte…
……………………………………………………………………………..
Cuando egresé del secundario me regalaron un libro sobre narradores de Santiago del Estero. Encontré un cuento que me resultó excepcionalmente familiar. Se llamaba “El ennancado invisible” y contaba los terrores que sufrían los jinetes de un determinado paraje al cruzar un punto del camino y ser abordados por un fantasma que encabritaba sus caballos y los obligaba a una loca carrera, mientras sentían un helado abrazo fantasmal. Me hizo acordar a la historia de Martín. Nada más que a nosotros no se nos trepó ninguna presencia fantasmal al cruzar ese portal. Lo atravesamos sin sentir el apretón helado de algún espanto. Creo que esa noche crucé la frontera de niño a adolescente.
Pero volviendo a Martín, mucho después se convirtió en un profesor de inglés y años después un amigo de él me ubicó en mi casa y me pidió que colaborara en un video que le preparaba como sorpresa para su cumpleaños. Pensé mucho y la verdad que elegí la historia del espanto. La conté ante una cámara. Su amigo pensaba sorprenderlo con un video con sus allegados y familiares, y luego llevar a cabo una fiesta. No sé qué pasó pero nunca fui invitado a ese cumpleaños. Ni siquiera sé si se hizo.
Pasaron algunos años, no muchos, cuando me enteré que Martín había fallecido. Yo lo había visto nada más que en una oportunidad, de grande, cuando estudiaba el profesorado de inglés, al coincidir en el colectivo a Santiago.
Supe que su corazón le había jugado una mala pasada. Entonces recordé cierto día en quinto grado de la Normal José B. Gorostiaga, cuando nos hicieron unos estudios de Chagas-Maza y la maestra, con la delicadeza de un elefante en un bazar, nos tranquilizó al asegurar que todos los resultados eran negativos, pero le pidió a él, solamente a él, que se quedara para charlar con ella después de hora. Estaba enfermo, seguramente infectado en uno de los tantos veranos que había pasado en el campo.
Aún lo extraño y recuerdo su risa desorbitada, llena de vida, sus ganas de conocer, de desafiar los límites, su inventiva extraordinaria.
Todavía pienso en volver a aquella extraña construcción, si es que aún existe, y desafiarme a cruzarla para saber si existe ese dichoso fantasma. Lástima que esta vez lo haré solo.
Caminamos interminables calles desiertas hasta el barrio Avenida, en La Banda.
Yo tenía 12 años y seguía a mi mejor amigo de la infancia, Martín, un constructor de diques a escala e inventor de objetos que se desplazaban con motores de juguete reciclados, con el que habíamos recorrido gran parte de la ciudad en aventuras de siesta.
Llegamos hasta una extraña construcción, como un macizo pórtico de ladrillos, de tres metros de ancho por dos y medio de altura –calculo esforzando la memoria-, que se erigía en el medio de un descampado en el que, a lo lejos, se adivinaban las luces de los ranchos. Tiempo después deduje que debía tratarse de alguna edificación del ferrocarril inglés del Siglo XIX, que quedó abandonada y luego resaltaba por su absurdo como un barco encallado en el desierto.
Martín me dijo “ahí es…”. En su casa, al abrigo del frío y mientras veíamos dibujos animados, después de una generosa merienda servida por su madre, me había contado que todo aquel que de noche pasaba por esa especie de arco era abrazado por una especie de entidad fantasmal. Me dijo que le había ocurrido a muchos que volvían en bicicleta a sus casas y que sintieron el frío de un espanto encaramándose en sus espaldas.
Frente a esa extraña construcción oscura sentí miedo. “Vamos, ¿o ahora te vas a achicar ahora?”, me desafió, con una fórmula infalible que arrastra a los niños a las peores tragedias. Estábamos a unos diez metros. Yo miraba el umbral oscuro buscando, en vano, algún indicio que me convenciera de desistir. El viento parecía más frío y siniestro, en una noche encapotada en la que no se filtraba el menor rayo de luna.
El tiempo parecía detenido. Aunque dentro mío me urgía volver a casa a tiempo para no recibir los retos de mis padres. Nos habíamos reunido en su casa, cerca de calle Alberdi, para hacer una tarea, pero ya eran cerca de las 21.00, una hora poco recomendable para un niño.
Volví a mirar la edificación rectangular y en sombras… “¡Vamos!”, le contesté, y comenzamos a caminar con decisión. Iba contando cada paso, tratando de concentrarme, de ver o escuchar algo indefinido, la presencia del fantasma arremolinándose en ese arco. Nuestras pisadas presurosas crujían en la tierra floja. Cruzamos el umbral y cerré los ojos… esperando una amenaza que llegaría desde cualquier parte…
……………………………………………………………………………..
Cuando egresé del secundario me regalaron un libro sobre narradores de Santiago del Estero. Encontré un cuento que me resultó excepcionalmente familiar. Se llamaba “El ennancado invisible” y contaba los terrores que sufrían los jinetes de un determinado paraje al cruzar un punto del camino y ser abordados por un fantasma que encabritaba sus caballos y los obligaba a una loca carrera, mientras sentían un helado abrazo fantasmal. Me hizo acordar a la historia de Martín. Nada más que a nosotros no se nos trepó ninguna presencia fantasmal al cruzar ese portal. Lo atravesamos sin sentir el apretón helado de algún espanto. Creo que esa noche crucé la frontera de niño a adolescente.
Pero volviendo a Martín, mucho después se convirtió en un profesor de inglés y años después un amigo de él me ubicó en mi casa y me pidió que colaborara en un video que le preparaba como sorpresa para su cumpleaños. Pensé mucho y la verdad que elegí la historia del espanto. La conté ante una cámara. Su amigo pensaba sorprenderlo con un video con sus allegados y familiares, y luego llevar a cabo una fiesta. No sé qué pasó pero nunca fui invitado a ese cumpleaños. Ni siquiera sé si se hizo.
Pasaron algunos años, no muchos, cuando me enteré que Martín había fallecido. Yo lo había visto nada más que en una oportunidad, de grande, cuando estudiaba el profesorado de inglés, al coincidir en el colectivo a Santiago.
Supe que su corazón le había jugado una mala pasada. Entonces recordé cierto día en quinto grado de la Normal José B. Gorostiaga, cuando nos hicieron unos estudios de Chagas-Maza y la maestra, con la delicadeza de un elefante en un bazar, nos tranquilizó al asegurar que todos los resultados eran negativos, pero le pidió a él, solamente a él, que se quedara para charlar con ella después de hora. Estaba enfermo, seguramente infectado en uno de los tantos veranos que había pasado en el campo.
Aún lo extraño y recuerdo su risa desorbitada, llena de vida, sus ganas de conocer, de desafiar los límites, su inventiva extraordinaria.
Todavía pienso en volver a aquella extraña construcción, si es que aún existe, y desafiarme a cruzarla para saber si existe ese dichoso fantasma. Lástima que esta vez lo haré solo.
viernes, 25 de diciembre de 2009
Chau año viejo
Recuerdo de esa noche, del 31 de diciembre de 1993, que me despedí de mi familia que estaba en el patio de mi casa paterna en La Banda, preparándose para recibir el Año Nuevo, con la excusa de que debía reunirme con unos amigos y que me pasaba el último colectivo.
Llegué a la parada agitado y abordé el primer 17 que pasó. Viajaba poca gente, medio dormida, agotada después de un día de locura, agobiada por el calor, cada cual pensando con ansias en llegar a tiempo a su casa, me imagino. Pero mi destino era diferente.
Finalmente llegué a Santiago y caminé por las calles alucinado: todo el mundo estaba reunido, aguardando que expirara el año. Un año particularmente desgraciado para los santiagueños. No hacía mucho resonaban las protestas en plaza San Martín y los incendios en los principales centros de poder y las casas de los responsables del desastre. Pero claro, todo sería un fuego fatuo. En poco tiempo se reestablecerían las relaciones de dominación… pero bueno, ese es otro tema.
Las calles lucían desoladas pero festivas, con bullicios familiares, luces y música derramándose por las ventanas abiertas por el calor. Años después encontré una imagen similar en Cinema Paradiso… cierta imagen de un año nuevo en una aldehuela de la Italia oscura, donde la historia de los protagonistas transcurre en una callecita desierta, mientras el resto del poblado está ocupado festejando.
Creo que la idea fue ver de lejos las cosas, valorar los afectos a la distancia y encontrar otras historias en las calles, que siempre me había perdido con la rutina de las fiestas, que nos obliga al espíritu gregario.
Llegué a la plaza Libertad minutos antes de las 00.00 y me decidí a esperar sentado en un banco. No había un alma. No podía ir a la casa de ningún amigo e interrumpir el saludo íntimo con sus familias y tener que dar explicaciones sobre mi vagabundeo.
Mientras pensaba en eso, un policía, que estaba de guardia en la vieja jefatura, salió a la galería y miró para todos lados… no me vio porque yo estaba cubierto por las sombras de la plaza. En todas partes comenzaron a resonar fuegos artificiales, destellos, el humo acre de la pólvora lo cubrió todo… la hora había llegado, el Año Viejo expiraba y comenzaba otro, cargado de esperanzas que siempre nos ilusionan como si fuera un mecanismo mental de defensa. El policía entonces se acercó a un pesebre armado en la entrada del edificio y se arrodilló. Fui testigo de ese acto de constricción, íntimo, en el que habrá susurrado vaya a uno a saber qué promesas o habrá expurgado qué pecados… Nunca lo sabré. El ruido era infernal y sólo lo veía mover sus labios. Al cabo de unos minutos se levantó y volvió a su puesto, firme, incólume. Debo decir que me conmovió haber presenciado ese acto tan íntimo, pese a no ser creyente.
Volví a lo mío y recordé un antiquísimo ritual de prosperidad. Comer doce pasas de uva a medianoche… pero no tenía ninguna… pensé y me decidí a dar doce pitadas a un cigarrillo.
Mientras exhalaba el humo pasó un grupo de mendigos… revolviendo la basura, en busca de algo para comer, ajenos al bullicio y la música que bajaba desde los edificios. Un contraste con las mesas generosas que se adivinaban en las casas del centro.
Luego me encaminé a lo de un amigo, a pocas cuadras de allí. Me cansé de golpear, hasta que me atendió. Adentro, su madre lloraba y me abrazó emocionada, con la tristeza que carga desde que enviudó. Me saludaron una tía y la hermana de mi amigo, ataviada para huir rumbo a alguna fiesta en cualquier momento. Un tío algo loco estaba encerrado en su habitación, emborrachándose. Era el mismo que cuando nos juntábamos a estudiar colocaba un vaso de vidrio boca abajo en un enorme mesón, que ya tenía marcada la redondela y siempre oíamos a mi amigo advertir a los recién llegados que no se les ocurriera tocarlo, porque desatarían la furia de su tío.
Charlamos un rato. Yo estaba dolido por un amor perdido y que el tiempo sepultó, con su cura inexorable. Nos despedimos: él salía con otros amigos.
Yo me separé y me fui pensando en tantas sensaciones juntas, hacia la pensión de “Doña Teta”. Nombre sonoro y extraído de un personaje de la revista Fierro –según se me ilustró- para una madrasa de calle Buenos Aires que recibía a sus hijos y los amigos de sus hijos en su vieja casona convertida en albergue. Había lugar para todos, claro. En un patio cubierto por parras me encontré con un montón de gente, perdedores como yo, que por un rato intentaban superar el ahogo con charlas de filosofía, política, cine y lo-que-viniera-en gana-hablar, acompañados por música y bebidas. Me sumé a ellos y me olvide de mí por un rato. Hasta el día de hoy no puedo recordar cómo hice para regresar a casa.
Llegué a la parada agitado y abordé el primer 17 que pasó. Viajaba poca gente, medio dormida, agotada después de un día de locura, agobiada por el calor, cada cual pensando con ansias en llegar a tiempo a su casa, me imagino. Pero mi destino era diferente.
Finalmente llegué a Santiago y caminé por las calles alucinado: todo el mundo estaba reunido, aguardando que expirara el año. Un año particularmente desgraciado para los santiagueños. No hacía mucho resonaban las protestas en plaza San Martín y los incendios en los principales centros de poder y las casas de los responsables del desastre. Pero claro, todo sería un fuego fatuo. En poco tiempo se reestablecerían las relaciones de dominación… pero bueno, ese es otro tema.
Las calles lucían desoladas pero festivas, con bullicios familiares, luces y música derramándose por las ventanas abiertas por el calor. Años después encontré una imagen similar en Cinema Paradiso… cierta imagen de un año nuevo en una aldehuela de la Italia oscura, donde la historia de los protagonistas transcurre en una callecita desierta, mientras el resto del poblado está ocupado festejando.
Creo que la idea fue ver de lejos las cosas, valorar los afectos a la distancia y encontrar otras historias en las calles, que siempre me había perdido con la rutina de las fiestas, que nos obliga al espíritu gregario.
Llegué a la plaza Libertad minutos antes de las 00.00 y me decidí a esperar sentado en un banco. No había un alma. No podía ir a la casa de ningún amigo e interrumpir el saludo íntimo con sus familias y tener que dar explicaciones sobre mi vagabundeo.
Mientras pensaba en eso, un policía, que estaba de guardia en la vieja jefatura, salió a la galería y miró para todos lados… no me vio porque yo estaba cubierto por las sombras de la plaza. En todas partes comenzaron a resonar fuegos artificiales, destellos, el humo acre de la pólvora lo cubrió todo… la hora había llegado, el Año Viejo expiraba y comenzaba otro, cargado de esperanzas que siempre nos ilusionan como si fuera un mecanismo mental de defensa. El policía entonces se acercó a un pesebre armado en la entrada del edificio y se arrodilló. Fui testigo de ese acto de constricción, íntimo, en el que habrá susurrado vaya a uno a saber qué promesas o habrá expurgado qué pecados… Nunca lo sabré. El ruido era infernal y sólo lo veía mover sus labios. Al cabo de unos minutos se levantó y volvió a su puesto, firme, incólume. Debo decir que me conmovió haber presenciado ese acto tan íntimo, pese a no ser creyente.
Volví a lo mío y recordé un antiquísimo ritual de prosperidad. Comer doce pasas de uva a medianoche… pero no tenía ninguna… pensé y me decidí a dar doce pitadas a un cigarrillo.
Mientras exhalaba el humo pasó un grupo de mendigos… revolviendo la basura, en busca de algo para comer, ajenos al bullicio y la música que bajaba desde los edificios. Un contraste con las mesas generosas que se adivinaban en las casas del centro.
Luego me encaminé a lo de un amigo, a pocas cuadras de allí. Me cansé de golpear, hasta que me atendió. Adentro, su madre lloraba y me abrazó emocionada, con la tristeza que carga desde que enviudó. Me saludaron una tía y la hermana de mi amigo, ataviada para huir rumbo a alguna fiesta en cualquier momento. Un tío algo loco estaba encerrado en su habitación, emborrachándose. Era el mismo que cuando nos juntábamos a estudiar colocaba un vaso de vidrio boca abajo en un enorme mesón, que ya tenía marcada la redondela y siempre oíamos a mi amigo advertir a los recién llegados que no se les ocurriera tocarlo, porque desatarían la furia de su tío.
Charlamos un rato. Yo estaba dolido por un amor perdido y que el tiempo sepultó, con su cura inexorable. Nos despedimos: él salía con otros amigos.
Yo me separé y me fui pensando en tantas sensaciones juntas, hacia la pensión de “Doña Teta”. Nombre sonoro y extraído de un personaje de la revista Fierro –según se me ilustró- para una madrasa de calle Buenos Aires que recibía a sus hijos y los amigos de sus hijos en su vieja casona convertida en albergue. Había lugar para todos, claro. En un patio cubierto por parras me encontré con un montón de gente, perdedores como yo, que por un rato intentaban superar el ahogo con charlas de filosofía, política, cine y lo-que-viniera-en gana-hablar, acompañados por música y bebidas. Me sumé a ellos y me olvide de mí por un rato. Hasta el día de hoy no puedo recordar cómo hice para regresar a casa.
Palabras vanas
A veces una palabra me asalta y durante días, semanas enteras, da vueltas en mi cabeza. No sé cómo explicarlo. Sólo puedo decir que está allí, presente en cualquier momento y que me domina, no puedo olvidarla: retumba en mi cerebro todo el tiempo, hasta que lentamente se olvida. Puede ser cualquier palabra. Pero diría que hay algunas constantes: se trata de términos exóticos, coloridos y en algunas ocasiones hasta nombres… de personas, de lugares… ¿Quién me habrá impuesto esta carga que tortura mi mente? Sí, ya sé, es cosa mía nomás.
Decía que me asaltaban en los momentos más insólitos. Es así. “Averroes” puede sorprenderme mientras me ducho y recordarme a Juan de Arco, en una de sus batallas memorables. “Extrusión” a la hora de la oración me retrotrae a los “Versos Satánicos” de Salman Rushdie. “Rocambolesco”, mientras hago el amor, me recuerda las hazañas del héroe del folletín francés. “Retruécanos” y “Carámbanos”, al amanecer, mientras busco afanosamente el despertador para apagarlo y ganar unos minutos más de sueño, me rememoran aquellas figuras extravagantes de nuestra lengua. “Mort Cinder” le susurré alguna vez a una jauría de callejeros para me dejara en paz, pero parece que no conocían al personaje de Oesterheld y me desgarraron las ropas a tarascones. “Urriolabeitía” también me persiguió por un tiempo, lo que me lleva a concluir que los apellidos vascos mantienen ocupado mi cerebro. “Behaviorismo”, no sé durante cuánto resonó en mis neuronas. “Agamenón”; “trashumante”; “Eurípides”; “Casiopea”; “urbi et orbi”; “Nostromo”; “dentibus albis”; “veritas veritatis”; “Netanyahu”, y cuántas otras palabras son objeto de tormento. También las hay en otros idiomas (aparte de los clásicos). “Oblivion”, “Pussicats”, “Avalon”, “verba vana”…
En ciertos momentos me parecen piedras preciosas del léxico, con las que juego tanteando su valor en onzas. Pero en otros las tengo como un castigo, una repetición involuntaria que me tortura. ¡No puedo olvidarlas! Me siento como “Funes, el memorioso” de Borges, aquel personaje de memoria prodigiosa que acumulaba cada momento vivido, cada palabra dicha, cada sensación, cada lugar conocido, cada sabor degustado con precisión de un ordenador. ¡Tanta memoria que lo lleva a la locura!
Cuando me dejo ganar por un aire racional, argumento que en realidad la parte cognitiva de mi cerebro lo que hace es macerar lentamente esas palabras, repitiéndolas, digiriéndolas lentamente. Aunque el término más adecuado parece ser rumiarlas. Lo único que me devuelve la cordura es que, pasado un tiempo, me olvido de ellas, desaparecen. Tal es así que ahora me cuesta enumerarlas. Otras veces debo lamentar el olvido fatal de palabras, nombres, lugares, hechos, como un agujero negro que se devora mi memoria léxica. De vez en cuando, después de un rato vuelven a mí, pero casi siempre naufragan inexorablemente en el olvido.
Cuando las palabras me flagelan sin poder sacarlas de mi cabeza, o cuando las olvido definitivamente, me suena a tragedia. Siento una amargura, ya sea porque no las puedo olvidar, o porque ya las olvidé. ¡Extraña condena! Cuando eso ocurre, miró con ansiedad la ventana de mi departamento, en el séptimo piso de este edificio. Miro a través de ella y me invade la palabra “acrofobia”, el temor a las alturas, o más bien “vértigo”. El vacío me atrae. Pero me alejo de la ventana y me tranquilizo… y vuelvo a sentarme frente a la computadora para seguir olvidando el futuro.
Decía que me asaltaban en los momentos más insólitos. Es así. “Averroes” puede sorprenderme mientras me ducho y recordarme a Juan de Arco, en una de sus batallas memorables. “Extrusión” a la hora de la oración me retrotrae a los “Versos Satánicos” de Salman Rushdie. “Rocambolesco”, mientras hago el amor, me recuerda las hazañas del héroe del folletín francés. “Retruécanos” y “Carámbanos”, al amanecer, mientras busco afanosamente el despertador para apagarlo y ganar unos minutos más de sueño, me rememoran aquellas figuras extravagantes de nuestra lengua. “Mort Cinder” le susurré alguna vez a una jauría de callejeros para me dejara en paz, pero parece que no conocían al personaje de Oesterheld y me desgarraron las ropas a tarascones. “Urriolabeitía” también me persiguió por un tiempo, lo que me lleva a concluir que los apellidos vascos mantienen ocupado mi cerebro. “Behaviorismo”, no sé durante cuánto resonó en mis neuronas. “Agamenón”; “trashumante”; “Eurípides”; “Casiopea”; “urbi et orbi”; “Nostromo”; “dentibus albis”; “veritas veritatis”; “Netanyahu”, y cuántas otras palabras son objeto de tormento. También las hay en otros idiomas (aparte de los clásicos). “Oblivion”, “Pussicats”, “Avalon”, “verba vana”…
En ciertos momentos me parecen piedras preciosas del léxico, con las que juego tanteando su valor en onzas. Pero en otros las tengo como un castigo, una repetición involuntaria que me tortura. ¡No puedo olvidarlas! Me siento como “Funes, el memorioso” de Borges, aquel personaje de memoria prodigiosa que acumulaba cada momento vivido, cada palabra dicha, cada sensación, cada lugar conocido, cada sabor degustado con precisión de un ordenador. ¡Tanta memoria que lo lleva a la locura!
Cuando me dejo ganar por un aire racional, argumento que en realidad la parte cognitiva de mi cerebro lo que hace es macerar lentamente esas palabras, repitiéndolas, digiriéndolas lentamente. Aunque el término más adecuado parece ser rumiarlas. Lo único que me devuelve la cordura es que, pasado un tiempo, me olvido de ellas, desaparecen. Tal es así que ahora me cuesta enumerarlas. Otras veces debo lamentar el olvido fatal de palabras, nombres, lugares, hechos, como un agujero negro que se devora mi memoria léxica. De vez en cuando, después de un rato vuelven a mí, pero casi siempre naufragan inexorablemente en el olvido.
Cuando las palabras me flagelan sin poder sacarlas de mi cabeza, o cuando las olvido definitivamente, me suena a tragedia. Siento una amargura, ya sea porque no las puedo olvidar, o porque ya las olvidé. ¡Extraña condena! Cuando eso ocurre, miró con ansiedad la ventana de mi departamento, en el séptimo piso de este edificio. Miro a través de ella y me invade la palabra “acrofobia”, el temor a las alturas, o más bien “vértigo”. El vacío me atrae. Pero me alejo de la ventana y me tranquilizo… y vuelvo a sentarme frente a la computadora para seguir olvidando el futuro.
A modo de presentación (qué se yo)
Bueno, soy nuevo aquí. Me decidí a crear este espacio como un lugar en donde sublimar las voces que de vez en cuando me siguen y me rondan. No soy escritor, sólo un periodista al que desde hace años ha perseguido la idea de contar muchas experiencias autobiográficas, detalles y sensaciones que se pierden en la rutina de producción noticiosa. Historias detrás de la noticia, relatos, reflexiones, que no tienen cabida en los formatos del periodismo convencional. Creo que, más que nada, la idea es una bitácora, un registro del capitán de un navio que asienta los sucesos de su derrotero. No tengo pretenciones literarias. Espero que lo disfruten.
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