martes, 28 de junio de 2011

La Parda Antonia

Los pies descalzos de la “Parda Antonia” no hacían ruido en la espesura. Atardecía y el ramaje reseco de los árboles amenazaba con desgarrar el cielo. La mulata de 26 años estaba intranquila al presentir el acecho de algo funesto. Encendió un fuego en una hondonada oculta por el follaje en la ribera del río Dulce, donde las esclavas lavaban la ropa propia y la de los señores del centro de la aldea llamada Santiago del Estero, en el año del Señor 1725. Inició un ritual mágico, con invocaciones secretas en bantú, lengua hablada en la tierra de sus ancestros africanos. Arrojó a las llamas extraños polvillos e hierbas, que desprendieron humo de caprichosas formas en las que podía entrever el porvenir, como aprendió de su madre, y ésta de la suya, como parte de una tradición de secretos transmitidos entre generaciones. Esta vez, lo que atisbó en el humo la horrorizó y apagó rápidamente el fuego con tierra.
Volvió a su rancho con paso sonámbulo. Sus tres hijos ya dormían y los abrazó con lágrimas en los ojos. A la mañana siguiente retomó sus quehaceres maquinalmente. Cerca del mediodía, cuando llegaba a su rancho con cacharros llenos de agua del río, se topó con tres alguaciles a caballo que la esperaban. Los guardianes barbudos acariciaron sus crucifijos y sus espadas al verla. Uno de ellos le dijo con voz seca que por orden del cabildo debían llevársela prendida, acusada de hechicerías y encantamientos que habían provocado muertes. Sus hijos se quedaron llorando a gritos mientras se la llevaban a la fuerza: ella sabía que esa sería la última vez que los vería. Los espíritus se lo habían mostrado la noche anterior.
Encerrada en la lóbrega celda del ayuntamiento parecía un pájaro herido, acurrucada contra la pared de adobe, tiritando con el frío de la madrugada, susurrando las cancioncillas con las que acunaba a sus hijos. Al día siguiente los alguaciles la llevaron ante un tribunal que le informó que estaba acusada de haber aniquilado con sus maleficios a los sacerdotes de las órdenes franciscana, mercedaria y dominica, como agente del Mal, adoradora de Satanás. Los guardianes de la justicia divina le recordaron que no medró en su accionar diabólico a pesar del escarmiento dado a su madre y a su hermana, a las que se ejecutó por brujería harto probada y para ejemplo de la población.
Los días siguientes son una continuidad de tormentos que cesan recién cuando sus verdugos están extenuados, después de haberse excitado y gritado al lacerar su cuerpo engrillado con el rebenque o cuando con sadismo la colocaban en el cepo. No hubo piedad para ella. El proceso exigía que se declarara culpable de los delitos contra la Santa Iglesia para tener alguna chance de seguir viva para expiarlos. Si se consideraba inocente insultaría la inteligencia del Santo Oficio de la Inquisición, cuya maquinaria de informantes y delatores ya la había condenado de antemano, y solo merecería la muerte por su insolencia. Oyó de sus torturadores que su alma negra no alcanzó a disimularse bajo su piel cuarterona, fruto de algún pecaminoso ayuntamiento de su madre con algún castizo o indio lascivo.
En los días siguientes le hicieron conocer las pruebas, recolectadas con la infinita paciencia por la burocracia judicial, que se puso en marcha gracias a la denuncia de una honrada mujer que dijo haber asistido a las últimas horas de vida del reverendo del convento de Santo Domingo. Esa testigo, de irreprochable honestidad, aseguró que el sacerdote le reveló antes de morir que había sido hechizado por la mulata por obra del mismo Demonio, para destruir a un ministro de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Los repentinos decesos, para la misma época, de otros sacerdotes de otras órdenes, llevarán a los jueces a deducir que se trata de un plan del Maligno para segar a los pastores de Santiago y llevar a la ciudad a su perdición. También desfilaron vecinos que aseguraron haber visto cuando realizaba diabólicas ceremonias en su rancho, con otros mulatos e indios que acudían a verla para que les adivinara el porvenir. O las señoras de la periferia y del centro de la aldea, que la acusaron de haber hecho aparecer un faisán negro, encarnación del Demonio, que les produjo vergonzosas diarreas nocturnas en sus aposentos o que les causó abortos espontáneos. Todo era obra de la Parda Antonia, agente del Mal infiltrado entre la honesta población santiagueña. La evidencia era contundente para el tribunal. La mulata debía expurgar su culpa y ser ejecutada. Antonia miró a sus jueces de sotana y levita con asco, insultándolos, mientras era arrastrada por los guardias. Les gritó que la testigo buscaba vengarse porque su esposo se veía a escondidas con ella y le había dado uno de sus hijos, y que por eso puso en boca del sacerdote moribundo –que en vida también la miraba con deseo– palabras que sabía que la condenarían. El tribunal ordenó al escribiente que no dejara constancia de esas blasfemias en el expediente.
Una mañana la llevaron a la rastra hasta el centro de la plaza pública, en el patio del viejo cabildo de lo que hoy es Libertad y Tucumán, donde el aire se espesaba por las sopas hervidas en calderos, las especias a la venta, la sangre de los animales colgados de ganchos, entre los puestos de los comerciantes plagados de bolsas de arpillera y cajones de encomiendas. A esa hora el gentío se apiñó alrededor de la Parda Antonia, debilitada por la tortura y las semanas de encierro en su húmeda celda. Entre la muchedumbre se encuentran sus hijos para asistir en silencio el final de su madre. El silencio se apoderó de la plaza, mientras un secretario leía la sentencia de muerte por brujería, solo interrumpido por los gritos de la rea en una extraña lengua seguramente diabólica. La sentencia fue cumplida por el verdugo y hubo gritos de algarabía en nombre de Dios y algunos incidentes promovidos por algunos esclavos, que fueron disueltos por los soldados a caballo.
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Casi trescientos años después camino por la avenida Roca y me desvío hacia el parque Aguirre, en terrenos ganados al río, por donde debe haber transcurrido la existencia de la Parda Antonia, en un caserío misérrimo habitado por esclavos y libertos. Una zona bulliciosa y colorida, en la que eran frecuentes las pendencias y donde los alguaciles no se aventuraban sin armas. De la mulata ha sobrevivido solamente su expediente judicial manuscrito en castellano colonial, que repasé en el Archivo Histórico, con un final abierto porque si bien fue condenada por hechicería, nada se informa de los detalles de su ejecución. Puede haber perecido en la hoguera o en el garrote vil (un perverso instrumento que mataba rompiendo el cuello), da lo mismo porque su destino fue trágico. Llego hasta Olaechea, donde los arqueólogos se afanan en una excavación para desentrañar los secretos de la vida en la colonia. Sepultados por el olvido han encontrado los huesos quemados de una mujer joven, enterrada con amuletos africanos. ¿Serán estos los restos de la Parda Antonia, ajusticiada por la Inquisición española? Imposible saberlo, aunque los indicios sean fuertes. Mientras desentierran meticulosamente la osamenta no puedo evitar pensar en ella: la última instancia de la justicia es no olvidar una injusticia.

martes, 22 de marzo de 2011

Un día cualquiera

Un día cualquiera, tu dorada adolescencia se hizo trizas. Una tarde cualquiera, en una mateada de compañeros de secundaria, descubriste el verdadero significado de la palabra “desaparecido”. Y lloraste con ella, cuando te contó que su padre era una cifra de aquel incógnito neologismo. Te diste cuenta que la historia que te contaron era una fábula. Y ese dolor te acercó y se convirtió en amor. Y compartiste la tortura de no saber si su padre volvería, si estaba vivo, si era cierto que lo habían visto por ahí. Y un día cualquiera ella se alejó de vos y la vida te llevó por laberintos impensados. Años después, una tarde de confidencia con tu jefe, te enteraste que mucho antes de ser empresario fue un soldado anónimo, y que la madrugada menos pensada en el cuartel les avisaron que durmieran vestidos, porque esa fría noche "habría acción”. Y que al batallón lo despertó una sirena y medio dormidos los acarrearon en los Unimog al centro y que en la casa del horror, donde torturaban, violaban y mataban a enemigos del régimen, acababan de fusilar a dos, en un simulacro de fuga. No lo podía creer: a uno de ellos lo reconoció, pese a que estaba piel y huesos, destrozado por la metralla en aquel pasillo siniestro. El cabo se dio cuenta y se arrimó para preguntarle con un susurro si lo conocía y él respondió que sí, que fue su compañero de trabajo. El cabo, elevando el tono, le volvió a preguntar si lo conocía, si acaso no entendía o si lo cortaron verde. El conscripto se recuperó de su sorpresa y contestó que jamás en su vida había visto al que ya era un cadáver destrozado. Ese día, que no fue cualquiera, sentiste que te hicieron compartir la pesada carga de una pesadilla. Y buscaste alguien cercano a ella para que le contara la verdad, para que no siguiera buscando inútilmente. Pero el mensaje nunca llegó. Otro día, que tampoco fue cualquiera, cuando por vez primera algunos de los represores fueron condenados por uno de esos muertos del pasillo, te reencontraste con ella y le revelaste aquella historia. Y la mentira se desbarató: a su padre y a su amigo los mataron esa noche, pero sólo hicieron aparecer a uno para cerrar la coartada. Se deshicieron del cuerpo de su padre para hacer creer que existió una fuga y que él logró escaparse: que vive riéndose de todos en el extranjero, con otra identidad. En el momento menos pensado, te abrazaste a ella y los caminos paralelos se unieron por un instante, sólo por un instante.

viernes, 25 de febrero de 2011

Tus compañeros de oficina

Aquella mañana de la masacre Victoriano llegó a su trabajo en la oficina diez minutos antes de hora. Cuando se abrieron las puertas, pasó con su bolsita de bizcochos recién horneados, como un sonámbulo, al lado de un molesto contratista que todos los días iba a insistir para que le apuren su expediente. Había dormido mal y estaba contracturado. Su humor era pésimo. Fichó y saludó sin ganas a sus compañeros. Sólo le contestó Anastasia, que lo siguió con su mirada gatuna mientras se arrastraba a su escritorio. De un salto fue hacia él y se sentó en una esquina del mueble, mostrando provocativamente sus piernas, apenas cubiertas por una minifalda. Tan cerca estaba que Victoriano podía oler el perfume que exhalaban sus piernas. Ella se estiró para agarrar un lápiz y colocarlo en un lapicero, ostentando frente a su cara sus pechos siliconados, apenas contenidos por lencería de encaje color vino. Él la miró con cara de pocos amigos.
-¿Necesita algo… señora?, le enrostró, a sabiendas de que Anastasia, amante oficial del jefe y acosadora de cuanto joven había en la oficina, odiaba que la llamaran así. Detestaba los cumpleaños y los calendarios, porque marcaban el tiempo que se escurría y aflojaba las carnes.
-¡Sos un amargo!, le susurró ella y se fue ofendida al mostrador.
Hacía diez años que Victoriano había sido transferido al área contable del ministerio. Y conocía el juego de Anastasia. Varios desprevenidos habían caído en su red, hasta que el jefe se enteró y terminaron castigados en recónditos organismos como el vivero, el archivo o el cementerio. Él estaba resignado a la vida monacal y sabía resistirse a la tentación de la carne.
Paulino interrumpió sus pensamientos arrojando estrepitosamente una pila de expedientes sobre su escritorio. “Terminalos urgente porque el jefe los quiere firmar hoy”, lo intimó. “Sos un gusano chupamedias y encima envidioso”, pensó Victoriano.
El primer día de trabajo en esa oficina, Victoriano recibió una parva de carpetas y las terminó a media mañana. El mismo Paulino se acercó cuando lo vio sin saber qué hacer y le aconsejó que regulara el tiempo de los trámites, porque si lo hacía demasiado rápido el jefe se daría cuenta que estaba gran parte del tiempo desocupado y que sobraba allí. “El arte de la simulación”, se dijo así mismo, y recordó a José Ingenieros. Simular estar atareado y pendiente de la hora de salida. Volvió a la realidad y concluyó que si el mandamás tenía apuro era porque había un premio. Demasiado bien sabía que ciertos trámites se aceitaban cuando había retornos fabulosos, imperceptibles para cualquier auditoría porque se inventaban gastos o se sobrefacturaban compras y luego las empresas fantasmas devolvían el dinero para enriquecer al jefe y sus superiores. Difícilmente alguien se tomaría el trabajo de comprobar si los proveedores existían y si realmente habían provisto lo que facturaban. Así es que el jefe tenía una fastuosa finca, una deslumbrante 4x4 japonesa y todos los años se iba de vacaciones al exterior… y hasta le alcanzaba para el quirófano de Anastasia y costosos regalos, como un auto, joyas o una casa.
Pensó que los ladrones de guante blanco jamás iban a prisión. Pero el sistema precisaba que de vez en cuando algún pinche sirviera de chivo expiatorio para simular que funcionaban los controles. Se acordó cuando a él lo detuvieron porque un contratista arrojó un sobre con dinero en su escritorio y era una celada porque la policía le cayó encima. Pero con un hábil abogado fue absuelto cuando adujo que el sobre con el dinero fue “plantado” sin que él lo supiera, porque nunca llegó a tenerlo en las manos y el delito jamás se consumó. Estuvo detenido casi un mes y después lo trasladaron a otra oficina. Caso cerrado. No olvidaba esa trampa que le habían tendido y ahora pendía de un hilo porque seguía sumariado y en breve lo trasladarían.
Mientras pensaba en eso se percató de que el contratista que se había cruzado en la entrada comenzaba a levantar la voz y discutía con Anastasia. “Lo de siempre: no pagó el peaje y su expediente se extravió en los laberintos burocráticos”, reflexionó mientras caminaba hacia la cocina para prepararse unos mates.
Pasó al lado de Pancho y Robert, dos buenos para nada que habían sido transferidos por adulterar documentos del registro de la propiedad y que terminaron premiados porque en la oficina solamente se dedicaban a chatear y mirar pornografía en Internet, ya que el jefe había ordenado que no pasaran por sus manos los expedientes onerosos. Entonces se dedicaban a llevar chismes al jefe y a Anastasia, para hacerle la vida imposible. Estaba seguro que ellos estaban detrás de lo del sobre.
La jefatura de la oficina quedaría vacante en los próximos meses porque se rumoreaba que al jefe lo ascenderían a una secretaría con rango ministerial y Victoriano era el más capacitado para reemplazarlo. Pero se reían de él porque se había recibido de licenciado en Contabilidad a distancia –“contador por correo”, lo llamaban- y se conjuraban para beneficiar a Paulino como sucesor. Él sabía que Anastasia quería hacerlo caer en sus redes para después denunciarlo por acoso sexual o algo así, para que terminara detenido y lo echaran. Así el jefe continuaría manejando desde arriba una oficina por la que pasaban contratos jugosos y a él lo sacarían del medio.
Mientras esperaba que el agua se calentara siguió escuchando gritos y al asomarse vio que el jefe en persona salía de su oficina para enfrentar al desaforado contratista.
-¡Me tienen harto, desde hace medio año que vengo y me mandan de aquí para allá… todo porque no quiero pagar coima! ¡Ya sé que no hay adónde denunciarlos porque ustedes tiene impunidad! ¡El banco me espera hasta hoy, sino me saca a remate todo y ustedes son los culpables!, gritaba a la cara del jefe, que a duras penas le explicaba que el trámite se había extraviado y que debía ser reconstruido.
Victoriano salió de la cocina con su termo y el mate preparado. Se sentó y cuando comenzaba a hojear el primer expediente los gritos fueron en aumento y vio el arma por primera vez. El exaltado contratista sacó una pistola de su cintura y la agitaba en la cara del jefe.
-Esto sí que se pone bueno… -musitó, mientras daba el primer sorbo al mate y tomaba un bizcocho de grasa.
Hubo un disparo que retumbó en la oficina. Anastasia corrió chillando a esconderse debajo de su escritorio y el jefe se quedó paralizado, mientras sus pantalones comenzaban a mancharse con orín que se deslizaba por sus piernas. Victoriano se escudó detrás del monitor de la PC y recién notó que se había volcado el mate caliente sobre su pierna derecha. Insultó en voz baja. De reojo vio a Paulino, Pancho y Robert tirados en el piso.
El enfurecido contratista saltó el mostrador después de unos segundos de indecisión tras el ensordecedor estampido. Le pegó un culatazo al jefe, que cayó redondo, y lo encañonó con el arma: “¿Qué mierda le falta al expediente ahora? ¿Me lo vas a firmar o qué?”
El otro temblaba en el piso y balbuceaba que haría lo que quisiera.
El hombre caminó, por entre los escritorios y ficheros, hacia el centro de la oficina apuntando a todos. Anastasia gritaba debajo del mostrador, tan ridícula porque en el apuro su minifalda se le había subido a la cintura y no alcanzaba a taparse el trasero.
-¡Más vale que se queden quietos o los mato a todos! ¡A ver, vos, inútil de mierda, buscá mi expediente y firmalo de una vez!, le gritó al jefe dándole una patada. El aludido se levantó con mansedumbre y fue a su oficina a revolver carpetas.
Afuera ya había movimiento. Un policía que custodiaba esa parte del ministerio trataba de husmear por la puerta de vidrio. El contratista, a esa altura ya convertido en secuestrador, le apuntó a través del vidrio mientras corría la traba de la puerta: “¡Rajá de aquí o te vuelo la cabeza ropaprestada!” El policía bizqueó al ver el ojo del arma y corrió.
El secuestrador se dio vuelta y corrió hacia Pancho, le dio una patada en la cara y le quitó el celular con el que intentaba llamar: “¡Pongan en la mesa todos los celulares!”, ordenó y obedecimos.
-¡Aquí está! ¡Aquí está!, gritó el jefe agitando el expediente. Lo abrió y lo firmó las órdenes de pago a las apuradas. Un gesto inútil porque ya los policías habían rodeado la oficina con sus armas remontadas.
El contratista los vio y se derrumbó detrás del mostrador llorando. “¡Qué hice! ¡Ya lo perdí todo! Mi empresa quebró, mi mujer se fue con el contador, mis hijos me odian!”
Robert, que nunca se caracterizó por ser de muchas luces, se arrastró y cuando estuvo cerca se abalanzó sobre él para quitarle el arma, en medio de los gritos de los demás. Forcejearon un poco y el inútil terminó con un tiro en el pecho. El contratista corrió el cuerpo asqueado por la sangre…
Entonces Victoriano se levantó y caminó hacia la puerta, mientras el hombre armado lo apuntaba desconcertado. “Tranquilo, voy a evitar que te mate un francotirador”, le dijo, y desenrolló las cortinas para que nada de lo que pasara adentro fuera visible. Alcanzó a ver que un grupo especial de la policía comenzaba a tomar posiciones en la galería. Tenía poco tiempo para actuar. Se volvió al escritorio, vació la bolsa con bizcochos en el cesto y me la colocó en la mano que le extendió para que le entregara el arma. Los otros lo miraban con los ojos desorbitados. El contratista obedeció y le dio la pistola, mientras se hundía en el llanto.
Los policías se preparaban tirar abajo la puerta con un ariete cuando comenzaron las detonaciones dentro de la oficina. Se cubrieron contra la pared o cuerpo a tierra. Cuando reaccionaron, embistieron contra la puerta y encontraron al contratista de pie, en el medio de la oficina llena de cadáveres. Le apuntaron pero no hizo falta, porque inmediatamente se llevó el arma a la sien y se mató. Debajo de un escritorio encontraron a un empleado herido en una pierna, el único sobreviviente. Los demás habían sido ejecutados.
Camino al hospital, en la ambulancia, Victoriano pensó que a veces hay oportunidades únicas en la vida para destruir a los enemigos de un zarpazo. “Ahora me toca a mí”, se dijo, mientras esbozaba una sonrisa.

martes, 15 de febrero de 2011

El altillo

Siempre me negué a creer en fantasmas o fenómenos paranormales, con un escepticismo que quizás se remonta a una formación positivista, como perito criminalístico, en un afán de probar científicamente lo que parece inexplicable para el sentido común. Pero tampoco me considero obcecado como para negar absolutamente la existencia de cosas que están más allá de la lógica y de los límites de la ciencia humana. El hombre no puede caer en la soberbia de afirmar que conoce las cuerdas invisibles que mueven el universo. No soy proclive a creer en los cuentos de viejas y leyendas urbanas, pero lo que pude entrever en un sumario iniciado a raíz de ciertos incidentes en el abandonado hospital pediátrico, que culminó con la desaparición de dos personas, puso en crisis las convicciones que hasta entonces daban orden a mi mundo.
A mis manos llegó un expediente que desató la risa de mi jefe y la negativa de los peritos más antiguos a investigarlo por considerarlo un fraude: Hernan L. y su amigo Miguel A. mantuvieron un contacto por chat y, por alguna razón desconocida, ambos sufrieron severas alteraciones mentales tras ese contacto y aún se ignora el paradero de ambos. Las pruebas documentales en video secuestradas en la investigación permitieron concluir a los psicólogos forenses que los dos hombres sufrieron alucinaciones que derivaron en un trastorno de naturaleza psicótica, disparado por una situación estresante y por tratarse de dos sujetos proclives a la desconexión con la realidad.
La única prueba material que se pudo obtener fueron las conversaciones grabadas con webcam del período del 28 de diciembre, entre las 2.00 y las 4.30 AM y también la grabación en video handycam de L., realizada poco después, en el viejo hospital, donde pareciera haberse desatado la ruptura con la realidad de este último paciente, según los forenses.
Solo en mi oficina, miro esos videos y siento rabia. Tanto esfuerzo por saber lo que pasó parece terminar siempre en un callejón sin salida. En la escena de los hechos no se hallaron rastros significativos que revelen lo que sucedió con los dos amigos, más allá de huellas de sangre en un altillo del edificio, aunque no se encontró ningún cuerpo.
El contexto de la conversación grabada y vía Internet sucede en horas de la madrugada, entre Miguel A., que se desempeñaba como sereno del ex hospital pediátrico y Hernán L., un empleado burocrático.
M.A. - ¿Te conté que aquí espantan de noche?
H.L. – No, dejate de joder… (risas).
M.A. – Es en serio. Si no fuera porque tengo Internet, me enloquecería. Es preferible mantenerse distraído y no ver ni escuchar durante la madrugada, cuando quedo completamente solo.
H.L. - … No sé qué decir. ¿Estás bromeando? Es tarde y no tengo tiempo para eso.
M.A. –Para nada. Vos sabes que aquí hubo muchas tragedias, muchos niños que murieron, demasiado dolor. Eso hasta se siente en las paredes, es como si esa energía negativa impregnara el edificio. En la azotea hay una piecita cerrada con candado y te juro que cada vez que voy de recorrida me invade una sensación de tristeza y abatimiento inexplicable.
H.L. – Bueno, alguna explicación debe haber, durante más de medio siglo allí funcionó un hospital y hubo muchísimas tragedias, algunas de las cuales salieron en los medios, y eso influye en tu imaginación, estimulada por la soledad de un edificio derruido.
M.A. –No es sugestión, es cierto. A veces entreveo sombras que se deslizan por las salas oscuras cuando salgo a hacer ronda. Murmullos ahogados, llantos que me ponen la piel de gallina… Deberías venir una de estas noches a comprobarlo vos mismo.
H.L. –¡Jajaja, no lo creo! Pero sigo pensando que es obra de tu mente afiebrada…
M.A. –Esperá un poco… creo que los escucho ahora. ¿No sientes nada? Para no oírlos uso auriculares y me siento de espaldas a la pared con la computadora portátil, para que no me tomen por sorpresa…
H.L. -¡No me digas! ¡Justo ahora van a aparecer tus fantasmas!
M.A. –Hagamos una cosa, dejo enfocada la cámara hacia la puerta y voy a ver qué hay. Cualquier cosa, vos mismo lo verás.
H.L. – ¡Dale, dale, mandale saludos de mi parte a Gasparín, jajaja!
En la grabación de la webcam de Hernán L. A continuación se ve la silueta de Miguel A. dirigirse hacia la puerta de una gran sala iluminada pobremente, donde años atrás funcionó la terapia intensiva del nosocomio. El guardia desaparece en el rectángulo oscuro y al cabo de unos minutos una pequeña mancha luminosa y blanquecina cruza el pasillo. La luz fluorescente que ilumina el salón titila entonces y prácticamente deja en sombras el lugar.
La silueta de Miguel atraviesa la puerta y se sienta delante de la Pc, visiblemente agitado.
M.A. –¡Decime que lo viste! ¡Pasó por ahí! ¡Lo debes haber visto!
H.L. –La verdad es que vi algo, pero no sé… no sé que era. Calmate, no debe ser nada (la voz denota nerviosismo).
M.A. –(Gritando) ¡Ellos están ahí otra vez! ¡No sé qué quieren de mí! ¿No los escuchas?
Miguel A. se levanta nuevamente sale de la habitación visiblemente alterado. Transcurren unos minutos de grabación en absoluto silencio, hasta que se perciben murmullos incomprensibles de sonido ambiente, que no se pudieron descifrar ni siquiera amplificados digitalmente. Otra vez todo queda callado. Hernán L. comienza a llamar a su amigo, con un tono de voz turbado. Un rato después se divisa una sombra que ingresa por la puerta y se desliza lentamente contra la pared. La pobre luz en el lugar permite ver que se aproxima a la pantalla con el rostro desencajado y la mirada perdida, para luego volver a desaparecer en las penumbras.
-¡Miguel! ¡Miguel! ¿Qué haces?, grita en vano Hernán L.
A continuación, el relato es realizado por Hernán L., quien aquella madrugada tomó un remís desde su casa y se dirigió al hospital, lugar en el que efectuó una grabación con una cámara manual, según se pudo reconstruir en el expediente.
Las primeras imágenes lo muestran atravesando la puerta de ingreso del nosocomio, cuya guardia se encontraba desierta. Se ve un salón iluminado por una mortecina luz fluorescente. Sube unas escaleras con descanso y accede al primer piso. Con el haz del reflector guía sus pasos entre pasillos oscuros, sorteando escombros y basura. Comienza a llamar por su nombre a su amigo, pero el lugar se encuentra en silencio. La cámara capta un zapato de niño, tirado entre los despojos y al recorrer lo que parece ser una sala descubre una pared cubierta de estampitas de santos y un altar desbordado por la cera seca de velas.
-“Esto debió ser la terapia intensiva”, murmura Hernán L., mientras recorre el salón vacío, con paredes descascaradas, cables que cuelgan del techo, esqueletos de camas, colchones viejos y el piso cubierto de fragmentos de cerámicos. Sale a un pasillo y después de ingresar en varias habitaciones encuentra la antigua sala de terapia intensiva, en la que se encuentra la computadora con la que se comunicaba con Miguel. Con su cámara se aproxima a la pantalla y puede ver su propia habitación del otro lado.
-“Me olvidé de apagar la webcam… con tanto apuro. ¡Miguel, adónde carajo estás!”, grita impaciente. Solo el silencio le responde. “El altillo”, musita y agrega “¿por dónde se sube al altillo?”. Sigue vagando por nuevos pasillos oscuros y pasa por un quirófano y lo que parece ser una cocina, completamente abandonados; luego más corredores ruinosos hasta que desemboca en una especie de terraza sumida en la oscuridad. Jadeante avanza hasta encontrar una escalera empotrada a la pared y sube a duras penas, sujetándose con la misma mano que aferra la agarradera de la cámara, lo que provoca imágenes caóticas. Finalmente llega al segundo piso y camina con paso vacilante hacia una habitación sin ventanas y con una sola puerta de chapa. Alrededor, las luces de la ciudad titilan, completamente ajenas a la escena. Hernán manipula la manija, pero recién logra abrirla tras empujarla con la cadera. “¿Qué es esto?”, exclama, mientras recorre el lugar atestado de cajas y viejos aparatos, que apenas se divisan bajo la temblorosa luz del reflector. “¡Que lo parió, justo ahora me vengo a quedar sin luz!”, exclama. Tropieza con los objetos hasta dar en un rincón con una silueta humana, en posición fetal.
-“¡Miguel! ¿Qué te pasó? ¿Qué haces aquí?”, grita mientras enfoca directamente al rostro de su amigo. Su cara parece envejecida, con un rictus de espanto. La luz de la cámara se apaga totalmente.
-“¡Miguel, adónde está la puerta, no veo nada! ¡Se cerró!”, vocifera desesperado Hernán. La cámara parece haber quedado tirada a un costado y solamente registra audio ambiente. Pasan incontables minutos en los que se adivina que el recién llegado trata de encontrar la salida y tropieza con los cacharros.
De pronto rompe su silencio Miguel A. con una voz grave, distinta a la de las grabaciones anteriores: -“Quedate quieto. Ellos ya saben que estás aquí”.
-“¿Qué es esto? ¿Quiénes son ellos?” El otro continúa: “Ellos me mostraron la salida de este mundo. Van y vienen permanentemente. Los atrae el dolor, por eso es que están aquí. ¡Tantos niños han agonizado y muerto en este lugar! Sin ir más lejos, precisamente en este sitio se guardaban los cadáveres, hasta que se los llevaban a la morgue… Por este rincón desolado entran y se alimentan del sufrimiento. No sé quiénes son ellos, ni de dónde vienen. Pienso que nuestras mentes limitadas los llaman fantasmas, aunque en realidad sean habitantes de otras dimensiones. Ahora saben que lo sabemos y no lo van a dejar así nomás”.
-“¡Decime cómo salgo de aquí! ¡Yo vine a ayudarte y ahora estamos encerrados aquí! ¡Dejá de hablar estupideces y ayudame a buscar la salida!”, grita Hernán, al borde del llanto.
“Calmate. Ya no hay nada que podamos hacer. Sólo hay que esperar el fulgor”, sentencia Miguel.
Un silencio asfixiante otra vez, hasta que Hernán comienza a llorar. De repente, estalla un resplandor parecido a un relámpago, al que rápidamente devora la oscuridad.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La noche de los chacales (*)

El fiscal R. me reveló cierto día uno de los casos más terribles en el que había intervenido y que lo afectó profundamente, a pesar de haber actuado en numerosos crímenes en su larga historia en la justicia. Lo recordó en una visita de rutina que como periodista hice por su despacho y después tomar un café y de hablar de distintas causas, comenzó a filosofar sobre el concepto del mal. “Estoy convencido que tanto el bien como el mal están dentro cada ser humano y que ante determinadas circunstancias aflora lo mejor o lo peor de nosotros. No hay ni ángeles ni demonios que guíen nuestro actos”, expuso. Coincidí plenamente con su postura, pero en la cuestión de fondo difería con él por ser ateo, mientras que R. era un ferviente católico y creía en el libre albedrío.
“El límite del mal es un tema que me desvela: durante años he cubierto muchas causas de crímenes resonantes, pero mi capacidad de asombro no se agota. No deja de sorprenderme la perversidad que surge cada tanto y estremece por su inventiva”, le dije.
“Recuerdo un expediente en el que me tocó participar en 2007 y que me perturba hasta el día de hoy”, comenzó, al tiempo que su rostro se ensombrecía. Buscó en un armario atestado de expedientes hasta que encontró uno y me lo entregó.
“Se trataba de un juicio por un abuso sexual cometido por un sujeto de 51 años, en el interior, que parecía un trámite más en la cámara. Pero ya en la primera audiencia surgió un dato: el acusado ya había sido condenado por un doble homicidio y abuso sexual. Me interesó el antecedente porque podía declarar la reincidencia, por lo que mandé a pedir al archivo esa causa de 1978. No imaginé que me encontraría allí una historia que viene a cuento con lo que hablábamos de los límites de la maldad:
El imputado, de apellido Bustos, vivía en un paraje rural del interior santiagueño y junto con su hermano menor habían sido enrolados en el ejército, fuera de la provincia. En un franco volvieron en tren y esa primera noche se emborracharon con una mujer y un vecino, con los que tenían parentesco lejano, como sucede habitualmente en el campo, donde las familias viven disgregadas en ranchos cercanos. Ya entrada la madrugada se les terminó el vino y los hermanos quedaron con ganas de continuar bebiendo. Los otros se fueron y aunque primero se sospechó de alguna participación en los terribles acontecimientos que siguieron, no se pudo comprobar nada.
Los hermanos Bustos –según lo confesaron en sus indagatorias– resolvieron acudir a la casa de unos tíos ancianos que tenían uno de esos almacenes de ramos generales típicos de la campaña, en el medio del monte. En la noche de luna llegaron a pie y despertaron a los viejos para comprarles vino, pero los corrieron por molestarlos a deshora.
Pero los hermanos Bustos no se fueron lejos. Acecharon la casa un buen rato, hasta que vieron salir a la mujer en dirección al baño, que siempre se ubica separado de la vivienda principal. La tía, de unos sesenta años, salió en camisón y se debe haber llevado un gran susto cuando se encontró con ellos de repente. Los echó a los gritos y el ahora acusado en el juicio se le arrojó encima y la derribó. Ya en el suelo comenzaron a golpearla con palos, hasta dejarla inconsciente.
Adentro del rancho su esposo, que tenía una ceguera parcial, se despertó por los gritos y comenzó a llamar a la mujer desde su cama. El mayor entró al rancho y también lo desmayó a palazos. Ya se unió a él el otro cómplice y comenzaron la rapiña: les robaron dinero y un cajón de botellas de vino. Y como si tanto ultraje fuera poco, cuando se iban, los dos violaron a la mujer inconsciente en el patio de tierra.
Se fueron al monte a beber y horas después, cuando se les acabó el vino, regresaron por más. Sus tíos seguían inconscientes y sus sobrinos, luego de apoderarse de más bebidas alcohólicas, decidieron acabar su tarea: el mayor degolló al anciano en su cama y el acusado volvió a violar a su tía y también la degolló. Actuaron como chacales sedientos de sangre, se deben haber sentido todopoderosos. Vaya uno a saber cuál fue el móvil, viejos rencores, resentimiento por las humillaciones que ellos habrán sufrido en la conscripción, no lo sé. Ahí están las fotos de la matanza”, me señaló en el expediente. Lo hojee hasta encontrar las fotografías tomadas por algún agente de criminalística y en ellas se veía el cadáver del anciano de ojos vidriosos en su catre, casi sentado, con una herida en el cuello. A continuación la mujer caída y con sus ropas destruidas, sus manos crispadas, y un gesto de horror en el rostro contraído. La tierra a su alrededor oscurecida por una mancha de sangre. No pude mirar más, sentí repulsión y también que vulneraba la intimidad de las víctimas.
“Los condenaron a reclusión perpetua por doble homicidio simple solamente, dado que los jueces entonces consideraron que el abuso sexual no se consumó porque la víctima murió al ser apaleada –la necrofilia no es delito para el Código Penal–, criterio con el que discrepo porque en las fotos se ve que al ser degollada se desangró, lo que quiere decir que su corazón latía aún. ¡Estaba viva! Pero por esas cosas de la burocracia, se les conmutó la pena a 19 años y salieron después de trece años de cárcel, después de tremendos crímenes”, –explicó indignado R.
“En el juicio por el abuso que Bustos cometió en 2005 pedí 15 años y el tribunal le dio 11. En este caso, violó a una vecina cuando su concubino se había marchado y le dio una golpiza. La mujer se salvó de milagro porque pudo haberla matado también, como a su tía, que tenía aproximadamente la misma edad. Es como si fuera una fijación, no creo que sea coincidencia. Pero el mal nos sorprende cada día con algo nuevo, con un caso más espeluznante que el otro”.
Me despedí del fiscal y me fui consternado. Todavía no puedo borrar de mi mente las imágenes de las víctimas de aquella noche de horror y muerte: pienso que R. me convirtió, al compartir apenas una muestra del mal, en compañero involuntario de aquella carga de pesadilla. Y cada vez estoy más seguro de que no puede haber un dios que tolere estas y tantas incontables masacres en la historia de la humanidad.

(* Basada en un caso real).

domingo, 12 de diciembre de 2010

Nunca olvidaré esa mirada

Nunca olvidaré esa mirada, aquel domingo del crimen, en el invierno de 1980. Con mi hermano mayor y un amigo al que llamábamos Miky fuimos al cine Renzi, con la mensualidad que nos daba nuestro padre, como era un ritual en aquellos años sin televisión por cable ni Internet. En la matinée pasaban Búfalo Bill y una de Bruce Lee, cuyo nombre no recuerdo porque en aquella época dieron su filmografía completa y los nombres se me confunden.
Ir al cine era una aventura, no sólo por la marea de niños y adolescentes que pugnaban por entrar, sino por los ruidos, olores y personajes de toda calaña que llenaba la sala y que zapateaban acompañando el ritmo de la banda sonora, que silbaban, gritaban. El Renzi era uno de esos cines diseñado con la estructura de un teatro, con platea, palcos del sector familiar y “gallinero”. La mejor ubicación estaba en el sector familiar porque algunos palcos se encontraban cerca de la pantalla, no había cabezas que obstaculizaran la visión y sobre todo porque se estaba a cubierto de los proyectiles y escupitajos que algunos inadaptados arrojaban desde las zonas superiores. Esas tardes fueron reveladoras de otros mundos: El regreso del Jedi, El imperio contraataca, Tiburón, Pirañas, Furia de Titanes, Invasión de arañas asesinas, y muchas, muchísimas más de Kung Fu, que algunos changuitos practicaban a la salida.
Pero aquella tarde esa monotonía se alteró para siempre. En medio de la proyección fui a los baños y al regresar al palco vi inusualmente entreabierta la puerta que usaban los empleados del cine, al final del pasillo. La película de artes marciales era tan aburrida y repetitiva que no contuve la curiosidad y me fui a husmear: entré en el sector del escenario, que estaba detrás de la pantalla, apenas iluminado por el proyector. Cuando acostumbré los ojos distinguí una pared alta de ladrillos, el piso de parquet desgastado, las tramoyas que colgaban del techo y me quedé fascinado por la imagen invertida que refulgía en la pantalla. Fui al baño y cuando estaba por salir, me topé con un hombre de unos 30 años, corpulento y de mirada siniestra, con una cara antinaturalmente angulosa como la de un ave de rapiña, que se interpuso entre mí y la puerta. Sentí miedo, pero por fortuna llegó un grupo de niños que a los empujones lo hicieron ceder el paso. Sus ojos eran opacos, carentes de brillo, lo que le daba un aura de frialdad inquietante.
Volví al palco, aún perturbado por el percance, pero rápidamente me olvidé de aquella mirada helada. Ya proyectaban Buffalo Bill y en eso, percibí una nube en el sector alto, en diagonal a nosotros. Segundos después se encendieron las luces, se produjo una corrida y el pánico ganó la sala porque corrió la voz de incendio: empujones, cuerpos que caían aplastados, gritos, espanto. Esperamos a que se vaciara la sala y cuando salíamos le preguntamos a uno de los empleados qué había pasado: nos dijo que no había incendio alguno, sino que lo que se había levantado era polvillo de décadas, depositado en un ventanal que se había cerrado de golpe, en la zona de tertulia.
Fuimos a jugar una fichas en el Space Invaders, Pac Man y flippers de Plaza, que en esa época estaba en Besares, a la altura del alto nivel de la estación de trenes.
Luego salimos a deambular por la ciudad casi desierta por el frío y al encontrar una casona abandonada en calle Buenos Aires, decidí entrar a orinar. Caminé por habitaciones derruidas y sucias, hasta que entré en una especie de salón en penumbras. Mientras me bajaba el cierre oí un llanto apagado. Busqué con la mirada entre la semipenumbra, hasta descubrir unas siluetas que me habían pasado desapercibidas: algo se incorporó y distinguí un hombre que me miraba, y un haz de luz le dio un brillo siniestro a sus ojos. Era el mismo que había encontrado en los baños del cine y en el suelo había un niño. A pesar de mis 8 años, comprendí que algo muy malo ocurría ahí y corrí. Estaba tan aterrorizado que no fui capaz de contarles a los demás lo que había presenciado, sólo atinaba a rogar que el tipo no nos siguiera. Nos fuimos y al día siguiente me levanté temprano, para ir a la primaria de la Amadeo Jacques, en esos años en calle Avellaneda, y, como era ritual, tomé el diario y leí las tiras cómicas de Mandrake y Lorenzo y Pepita, en la contratapa del diario. Miré la tapa y me quedé sin aliento: ¡un titular hablaba de un niño al que habían matado por asfixia, después de ser violado, en una casa abandonada de calle Buenos Aires, en La Banda! Sentí como nunca el frío de la helada mientras caminaba hacia la escuela y no podía quitarme de la cabeza el remordimiento.
Guardé el secreto de aquella terrible tarde y pasaron los meses. La investigación judicial detuvo a varios sospechosos, pero todos terminaron libres. El crimen que causó conmoción cayó en el olvido, en aquellos tiempos en los cuales gran parte de la sociedad prefería no preguntar demasiado.
………….
Los años se sucedieron y nos mudamos. Retornó poco después la democracia con algarabía en las calles, algo que no comprendía demasiado entonces, dado que gran parte de mi infancia había transcurrido en Dictadura. De esa época recordaba viajes en colectivo cuando veníamos de Salta, donde vivíamos, en los que irrumpían militares con ametralladoras y obligaban a todos los adultos a bajar y ponerse contra la pared del vehículo con brazos y piernas abiertos, mientras los requisaban, apuntados por armas. Arriba quedaban niños y bebés llorando a gritos, que no entendían lo que sucedía. O evoco los helicópteros artillados y pucarás que sobrevolaban Tucumán para descargar su furia en los cerros cercanos. Luego, la recuperación de Las Malvinas, con una euforia popular que se exacerbaba en la escuela, donde todos los días al formar cantábamos la marcha “Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar/ ¡Las Malvinas, Argentinas!, clama el viento y ruge el mar”. Esa guerra que se vivía como un partido de fútbol, con un marcador a favor de nuestros soldados en batallas, derribo de aviones y hundimiento de naves, que yo anotaba en una libretita. Hasta que llegó aquella triste y gris tarde del 14 de junio, cuando mi hermano y yo escuchamos de nuestro padre la noticia: la guerra había terminado y los ingleses habían ganado.
Tantos sucesos me hicieron olvidar aquella mirada asesina. Cierta tarde la maestra de cuarto de la Normal nos llevó a la plaza Belgrano para que dibujáramos el busto del prócer. Yo tenía cierta destreza para dibujar y rápidamente mis compañeros me rodearon para ver la imagen que delineaba en la carpeta. También se acercaron unos empleados municipales que cuidaban la plaza, que comenzaron a elogiarme. Uno de ellos se mostraba muy halagador e insistía en que lo acompañara a un depósito debajo de un escenario, para que me mostrara un ángulo distinto de la estatua. Estaba tan deleitado que no me daba cuenta. El porteño Dante, que se había incorporado un año antes conmigo y tenía más experiencia en la calle y sus peligros, me susurró al oído que ni se me ocurriera acompañarlo, que era un pervertido. La maestra se arrimó al rato al ver el revuelo y nos condujo de vuelta a la escuela. Cuando me iba el hombre me saludó y algo me heló la sangre: ¡era él! Ya no sonreía ni se esforzaba por ser simpático, su mirada era otra vez helada. Corrí hasta adelantarme al grupo.
………
Unos años después, otra noticia volvió a conmover: habían hallado a dos hermanitos, varón y mujer, ahogados en el canal y luego se descubrió que habían sido abusados sexualmente. Inmediatamente pensé que había sido aquel criminal impune. Lamentablemente el tiempo y las distracciones me hicieron olvidar el episodio, al igual que a la mayoría de la sociedad, y aquel doble crimen quedó sin culpables. Ya era un adolescente que buscaba su primer amor en los “vermouth danzantes” de la biblioteca Rivadavia, Olímpico y el Automóvil Club. Con Miky entrenábamos taekwondo en la Unión Ferroviaria y nos dedicábamos a dibujar historietas. Con unos amigos de mi hermano volvimos al cine Renzi, pero esta vez a la trasnoche, simulando yo ser mayor de edad bajo la vista gorda de los boleteros, para ver películas de terror y condicionadas. En aquellos tiempos volví a encontrar en los diarios más niños muertos y abusados, que aparecían esporádicamente a la vera de una ruta, en un canal o en medio del monte. Sospechaba que era el mismo criminal, pero la ebullición de la adolescencia era más fuerte y pronto olvidaba mis pesadillas. La confirmación vino cuando vi su imagen por el noticiero, estaba de perfil y lo reconocí, aunque estaba canoso y gordo. Lo habían detenido como sospechoso. Al poco tiempo leí que lo habían liberado por falta de pruebas. Estaba libre e impune, pero yo no podía ir y acusarlo: reviviría aquellas pesadillas, recibiría el estigma social y me vería mezclado en una causa judicial.
Luego ingresé a la universidad a estudiar Psicología. Me di cuenta que me sentía atraído por la búsqueda de un exorcismo de mi propio fantasma, que me perseguía desde la infancia. Así conocí a Charly, que era compañero de estudio, y que en cierta noche de fiesta los dos, aburridos por ser malos bailarines y ebrios, comenzamos a purgar nuestros traumas. Me contó que cierta noche lluviosa, cuando tenía unos 6 o 7 años, lo enviaron a hacer un mandado a una despensa y al cruzar una esquina donde había un playón de máquinas viales, una retroexcavadora comenzó a hacerle señales de luces. Curioso se acercó y encontró a un sujeto cuya descripción coincidía con el que habitaba mis pesadillas. La diferencia radicaba en que a él lo sedujo con la promesa de subirlo a la cabina para que manejara la máquina y lo violó. Me quedé helado, mientras lo veía llorar. Le confesé que me había cruzado con ese tipo varias veces. El me contestó que sabía quien era y hasta cómo se llamaba: Evaristo Barnetche, un jubilado municipal. Lo abracé mientras lloraba, hermanado por el mismo dolor, y le prometí que lo mataríamos.
……………….
Pasaron las mesas de exámenes, las materias cursadas y aquella promesa se desvaneció. Un día Charly vino muy agitado y me contó que había ido como siempre a los consultorios de Salud Mental, donde realizaba prácticas, y allí se encontró con aquel demonio. Lo reconoció rápidamente, pero él no, habían pasado tantos años. Tenía casi 50 años y decía que lo atormentaba un llanto infantil, que lo volvía loco. Mi amigo se había tenido que morder hasta sangrar, para evitar gritar y saltarle al cuello, pero con una entereza admirable había continuado escuchándolo. Tomó nota de sus padecimientos y le pidió sus datos personales para una ficha, entre ellos su dirección. Ahora Charly quería que cumpliera la promesa.
………………….
Esa noche había llovido en Villa Juanita y las calles estaban llenas de charcos. Barnetche salió de su rancho en bicicleta, seguramente a emborracharse en alguna fonda y a buscar algún niño solitario. Con Charly habíamos esperado durante horas debajo de un algarrobo y lo seguimos en mi moto. Cruzamos callejuelas laberínticas y sin nombre hasta llegar al centro. El criminal terminó su periplo en un bar al paso de avenida San Martín, en los predios del ferrocarril. Nos sentamos en una vereda oscura de en frente a esperar. Al cabo de un par de horas de tomar vino, el negocio cerró y se marchó borracho, con su bicicleta al costado y encaminándose hacia las vías. Fuimos tras él. Garuaba y se formaba una especie de niebla; un tren insomne hacía maniobras y el convoy avanzaba y retrocedía, cortando el paso, con un ruido espectral en la oscuridad. Me daba la sensación de estar frente a un monstruo antediluviano quejándose en la noche. Nuestros pasos resonaban en el desolado playón cubierto de ripio húmedo y rápidamente lo alcanzamos.
-¿Quién son ustedes, carajo?, balbuceó esgrimiendo un cuchillo.
Sin una palabra lo rodeamos y mientras arrojaba cuchillazos al aire, me dio la espalda y lo patee. Cayó pesadamente y maquinalmente tomé su propio cuchillo y me senté sobre su pecho, inmovilizándolo. Sus ojos perversos ahora estaban teñidos de terror.
-No puedo hacerlo, le dije a Charly, mientras me incorporaba.
Él me quitó el cuchillo y de cuclillas lo interrogó:
-¿A cuántos mataste, hijo de mil puta? ¿A cuántos? ¿No te acuerdas de mí, de lo que me hiciste en el playón de máquinas de Villa Eloisa, en 1984? El otro lo miró con ojos desorbitados, como esforzándose en hacer memoria.
-¡No sé de qué me hablan, no tengo plata, déjenme en paz! –gritó.
Charly le clavó el cuchillo en el muslo y le ahogó su grito con la mano. Ahora Barnetche lloraba y sangraba.
-¡Dejalo y vamos a la mierda!, lo increpé.
Mi amigo entonces volvió a apuñalarlo, pero esta vez en la otra pierna.
-¡No sé, no sé cuántos fueron, perdí la cuenta! ¡Déjenme en paz, me duele!, -exclamó entre sollozos-. ¡Ellos me dejaron salir y hasta les conseguí algunos pendejos!
-¿De qué mierda hablas? ¿Quiénes son ellos?, -le pregunté pisándole el cuello.
-El juez y el comisario. A ellos también le gustan los chicos y les conseguí dos que llevaron a una finca y nunca más los volví a ver, -aulló entre lloriqueos-.
Nos miramos con Charly. Comprendimos por qué había sido impune durante tantos años.
Pensé en esas criaturas temblando de pavor y con los ojos llorosos, llamando inútilmente a sus madres, mientras eran vejados por esos demonios. Me di vuelta y caminé hacia San Martín, dejándolos solos. No podía volver a tocar a ese gusano.
La avenida estaba desierta y esperé unos minutos. Charly volvió a la carrera y me dijo que ya se habían vengado él y los demás changuitos. Que nunca lo encontrarían porque lo había arrojado en un pozo de agua abandonado y lo había tapado con piedras, amparado en la oscuridad. Teníamos las manos manchadas de sangre, pero habíamos llegado adónde la justicia no se atrevió. Huimos en la moto, convencidos de que la venganza recién empezaba.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Nadie escuchará tus gritos en el monte

La camioneta destartalada de la policía llegó haciendo ruido hasta el frente de la casita, en medio del campo desierto y los uniformados que bajaron se encontraron con una escena que nunca olvidarían: “Pasen, Florencio está adentro”, dijo Renata, sentada bajo el alero, señalando con su mano hacia el interior de la humilde vivienda. Entraron y espantados encontraron a un hombre con una enorme herida en el cuello, como una grotesca segunda boca que sonreía. En la misma habitación, sus tres hijos dormían en otras camas, ajenos al drama. Por detrás entró la madre de la mujer y quedó muda ante el cuadro. La pieza estaba recién baldeada y todo lucía ordenado, salvo la cama matrimonial, donde una mancha roja había florecido debajo del cuerpo tieso.
Renata se dejó llevar mansamente por los policías: la introdujeron en el móvil, en cuya caja colocaron el cuerpo de su marido, tapado con unas colchas, y partieron rumbo al destacamento. Su madre quedó con los chicos, mientras la mañana se volvía agreste por el viento Norte de agosto. Tanto polvo en suspensión había que daba un tono amarillento a las cosas y volvía el aire irrespirable.
Un policía mal dormido le tomó declaración en una vieja y ruidosa Lettera, con brazos que se atascaban al golpetear la hoja oficio, retardando la operación una eternidad. Renata contó con su débil voz lo que la llevó a matar a su hombre. Contó cuando lo conoció, en su pueblo, cuando veía a Florencio trabajar como jornalero y ella no podía dejar de pensar en él. El baile del santo del lugar, la primera cita y una vertiginosa relación que la llevó a dejar su familia e ir a vivir con él, cuando lo designaron cuidador de un campo. Comenzaron a llegar los hijos. En las fotos con el último vástago, se la veía a ella feliz, pero él tenía un rostro desfigurado por la rabia. Es que había comenzado a tener celos de todo y de todos, pese a que vivían en un desolado paraje, a 8 kilómetros de la casa más cercana. La última vez que fueron a una fiesta, como él se negaba a bailar y estaba ebrio, ella salió a la pista con un primo. Florencio la sacó a empujones y se subió al caballo y la hizo caminar hasta la casa, golpeándola con el rebenque. Las golpizas se habían vuelto diarias, delante de los hijos y por cualquier motivo.
Esa noche no fue la excepción. Le dio varios puñetazos porque la comida no le había gustado y sus hijos presenciaron la escena. Le dijo que la mataría en dormida a ella y a sus hijos, que creía engendrados por otro, que tuviera cuidado. Y siguió bebiendo. Renata calmó a sus hijos y los hizo dormir. Luego se fue a la cama y al rato, él también se acostó. Comenzó a manosearla y, pese a su resistencia, la violó. Con repulsión, sintió el cuerpo del otro mientras la invadía, asqueada por una mezcla de hedores a transpiración, vino y cigarrillo. Miró al techo hasta que cesaron los espasmos. Se lo sacó de encima como pudo, mientras Florencio roncaba desmayado, después del orgasmo. Aterrorizada escuchó en su cabeza una y otra vez la advertencia de muerte que le hizo a ella y sus hijos. Se levantó sigilosamente y fue descalza hasta la cocina, conteniendo la respiración: tomó el cuchillo de carnicero de la mesa y volvió a la cama. Lo miró por última vez, con su rostro contraído por la furia, aún en dormido. Luego lo tomó de los cabellos y le cortó la garganta, como lo hacía con los animales que carneaba para alimentar a su familia. Escuchó un gorgoteo mientras la carne se rasgaba con un ruido a cartón, un ronco grito ahogado, estertores, y después corrió hacia fuera de la casa. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó con todo el peso de una mujer de 1.80 metros y más de cien kilos. Temblaba porque esperaba que él la persiguiera para cumplir su palabra. Intentó escuchar apoyando el oído a la madera, pero no se percibía nada. Le palpitaban las sienes, estaba agitada, pero aún así se asomó a una ventana y miró hacia la cama y vio el cuerpo exánime. Pasaron minutos interminables hasta que tomó coraje y entró. Florencio yacía tendido, y la sangre no paraba de manar de su garganta abierta. Por suerte sus hijos no se habían despertado. Los forenses dirían que Florencio murió casi sin darse cuenta en los sopores que siguen al sexo, como si se desenchufara el cerebro del cuerpo.
Renata decidió limpiar la escena del crimen, no para ocultar pruebas, sino para que no estuviera desarreglada cuando llegara la policía y para que sus hijos no vieran la escena. Hasta el cuchillo lavó y lo colocó en la alacena. Se vistió y caminó 8 kilómetros, que incluían cruzar el río Dulce a pie, hasta la casa de su madre que tenía teléfono celular para comunicarse con el destacamento policial, aún más alejado. Luego regresó y puso el calentador en el brasero y se preparó mate cocido, hasta que llegaran a apresarla.
Frente al juez de la capital, contó en detalle los cinco años que vivió con Florencio y cómo todo cambió desde el nacimiento de su primera hija. Recordó que durante un tiempo compartieron la casa con otro matrimonio al que Florencio propuso intercambiar mujeres para tener sexo. Su compañero se fue pronto porque temía que violara a su mujer cuando él no estaba en su hogar. Les aseguró que cuando bebía, también obligaba a sus hijos a tomar y disfrutaba con sadismo ver a las criaturas ebrias. También detalló las golpizas y ante la mirada sorprendida del juez, la fiscal, el instructor y su propia abogada defensora, se subió la polera y les mostró su pecho desnudo con las marcas de latigazos y hasta de una hebilla perfectamente delineada en la carne castigada. Agregó que en medio de aquella soledad del monte, no podía denunciar el calvario que soportaba y que temía que él la matara a ella y sus hijos. Su padecimiento era conocido en el pueblo, donde la llamaban “la esclava”. Pero las sorpresas no terminaron allí: les dijo que aún amaba a su esposo muerto, a pesar de todo. El juez reconoció que no se trataba de un caso usual y la procesó por homicidio en estado de emoción violenta, lo que permitió que recuperara la libertad y volviera a su casa, con sus dos hijos. En los diarios de aquellos días se la vio sonriente, levantando sus pulgares, cuando era llevada al juzgado para ser notificada de su excarcelación.